Como iba diciendo...
4º aniversario de La Coctelera from María Ysasi on Vimeo.
(*) la música es de mis queridos Wild Honey.
4º aniversario de La Coctelera from María Ysasi on Vimeo.
(*) la música es de mis queridos Wild Honey.
Salgo del economato para celebrar.
Y es que como bien nos cuentan aquí, el jueves que viene se avecina una celebración por todo lo alto. No sólo será una fiesta -¡oeeee!-, sino que además podreis adquirir el libraco del 4º aniversario de La Coctelera, con cien posts de cien cocteleros (o así), recopilados con todo el cariño del mundo :)
Vengo del futuro para deciros que será una noche de puta madre.
¡Yo me apunto!
Ahora entiendo el sitio que decías, viendo tu cara despejada en el foco, oyendo las risas medidas y los cantos, siguiendo el aleteo de tus brazos.
Ahora entiendo el miedo del que me hablabas, la bruma espesa de la escena, el arroyo de tu mirada mansa y lo menguante de tus piernas flacas.
Te entiendo, al verte ahora, que observo la silueta pequeña del dorso de tu mano suspendida en el aire y te veo danzar entre lágrimas.
Desde las 19.30 estuvimos allí, unos extrañamente tranquilos y otros crecientemente nerviosos. Colgando carteles, pensando en las entradas, tomando tilas o cafés. Cuando la gente empezó a pasar a la sala creí que me iba a dar algo. Reservando un par de filas para el equipo me puse nerviosa, porque yo no sabía dónde sentarme. No sabía dónde era mejor, dónde me correspondía, ni dónde quería estar.
Sé que todo lo que escriba puede sonar exagerado. Para mí este día significaba muchas cosas importantes. Y digamos que estoy en un momento en el que todo me afecta como si lo hiciera por debajo de la piel. Y no me refiero a tener la regla. Cuando estuve montando la peli con Mario, hará un año o yo qué sé cuánto, la peli me gustaba mucho. Le cogí un cariño brutal a los personales, a cada gesto, a las pausas incluso. Me sabía de memoria los pequeños despistes, los fallos de texto, los de racord, los cambios de escena. Cuando empezó la película ayer, comprendí que me gustaba mucho más. Muchísimo más. Para empezar, está escrita con el corazón y se nota. Bueno, con el corazón y con un talento que siempre he admirado. Llevo toda la vida leyendo historias escritas por él y me jode que nadie venga y le descubra o le pague sólo por teclear. Mario es una joya. Sabe encontrar en punto justo, con un humor a ratos cínico, con unos monólogogos genialmente construidos, con un ritmo perfecto.
Los actores hacen un trabajo increíble, todos y cada uno de ellos. Yo quería abrazarles y decirles que les quiero. Me pareció flipante oír a una sala entera descojonarse con partes en las que no confiábamos (incluso con partes con las que no contábamos en absoluto que se rieran), callarse en las escenas que requerían comprensión (y no me refiero a comprensión de los diálogos por la calidad del sonido, sino a comprender a los personajes que te hablan desde ahí delante), aplaudir como locos al terminar. Es acojonante, en serio. Es acojonante y abrumador, estar sentada con todas esas personas y comprobar que la película tiene el mismo efecto (sospechosamente parecido al menos) que tuvo en mí cuando pusimos por primera vez un puñado de planos juntos. Es lo más emocionante que me ha pasado en la vida. Es maravilloso sentarte y ver el trabajo bien hecho de todas esas personas que brillan con luz propia y distinta, en una pantalla grande.
Llegando a casa le mandé un mensaje a Mario para darle las gracias. Porque cuando alguien hace cosas tan bonitas y las comparte con el mundo con tanta sinceridad, hay que agradecerlo. Esta mañana me pongo a escribir esto sin desayunar. Nunca jamás me he sentido más orgullosa de nada. Y aún me dura el tembleque.



Hoy es el día. Qué fuerte, de repente lo he pensado. Hoy es el día. Es hoy. Y sí, estoy nerviosa. Mucho. Miro el café y pienso que debería cambiarlo por tila. Hoy es el día. El día del estreno. Es hoy. Apenas puedo creérmelo. Esto es lo más emocionante en lo que he participado jamás. Hoy se estrena nuestra película. A lo grande. Es un día importantísimo. Y todo lo demás es hojarasca.
Pues sí, me he cortado pero bien, esta vez, con el cuchillo del jamón. Intentaba despegar una viruta larga que salía de un hueco inalcanzable y el cuchillo ha salido disparado (menos mal que no tenía la cara cerca, como cuando miro muy dentro del hueso a ver qué pasa) y me ha cortado en perpendicular la punta del índice izquierdo, y su correspondiente uña. Ha sangrado mucho así que lo he mantenido bajo el agua helada un rato y luego he hecho torniquete con una tirita gigante de las que te cortas tú mismo. Y luego por el huequito de arriba he hecho piscinita de betadine. La tirita se ha empapado, sí, pero la herida al menos ha dejado de sangrar. He apoyado entonces el dedo sin darme cuenta sobre el cuaderno, y he dejado una mancha cobriza de yodo. Entonces he dicho, venga va, esto hay que hacerlo. Y he hecho unas pinturas rupestres en el cuaderno hasta que ya no quedaba más tinta en mi pincel humano titiritero. Algo así:

(*) y creo que cuando me vaya de este lugar esconderé debajo de una tabla del suelo, o de una piedra de la calle, estos dibujos, para que pasados muchos, muchos años, alguien los encuentre y así pueda entender mejor la civilización de nuestros días.
Por la mañana me ducho tan tarde que ya es la hora de comer. Marta llega antes de lo esperado. Con la toalla puesta a modo de turbante pienso en cómo algo tirante condiciona los gestos. En mi caso concreto, se me levanta una ceja. Hago un boceto tonto en mi cabeza, suena el telefonillo y no me seco el pelo. Quien sea que inventó las gorras, gracias. Luego de hablar atropelladamente, de discutir si un camisón se puede sacar a la calle, de oír esas dos palabras juntas que tanto me gustan por alguna extraña razón (estas palabras son "medias tupidas", nada de sentimentalismos), ella va al autobús y yo al metro.
Un poco más tarde y recordando levemente una casa en la que viví hace unos años, llego a una plaza donde todos los presentes acabarán tarde o temprano por darse hostias con almohadas. Para eso hemos venido aquí. Mi amigo Nick Furia (sí, el mismísimo) llega tarde pero a tiempo de que le arree en toda la cara poniéndo en peligro sus gafas. No duramos ahí ni cinco minutos y nos vamos a robar guías de viaje olvidadas en una cafetería. Aunque eso no debe llamarse robar. Allí hablamos de lo de siempre, pero siempre mejor. Yo le digo que tiene las piernas larguísimas y él me repite por enésima vez que le encanta su camiseta del Hombre de Arena.
Luego voy a la compra, recordándome a mí misma por última vez que el Carrefour Exprés de Lavapiés tiene de exprés lo que yo de deportista. Yogures, ensaladas, carne muy roja, cosas para el pelo, quesos frescos, fiambre de todo tipo. Hablo por teléfono en la cola de la caja, que ya empieza a ser un clásico. Llegar a casa es cuesta abajo pero los músculos tiran y eso que se supone que las almohadas no pesan.
Veo una película con pésima calidad de imagen, una que llevaba tiempo esperándome y me parece bien. Además, conozco a la protagonista. Y el chico tiene la sonrisa floja. Es tarde para cenar pero me toca, sobre todo porque la merienda tocó a las ocho y media. Me doy cuenta de que tengo algunos radiadores funcionando para los peluches. Declino telepáticamente una propuesta social.
Pongo una sopa que no sé si me llegaré a tomar. Me repaso con la lengua los dedos despúes de pellizcar las pastillas de caldo de carne. Siempre me ha fascinado el sabor concentrado de las sopas de sobre y los avecrems. Pellizcas y suena como arenilla simpática, explotando. Todo espolvoreado torpemente, dentro y fuera de la olla. Me permito el placer de recogerlo con los dedos mojados. Me como una lata de berberechos con nombre propio, unas cuantas tajadas de lacón a la plancha y le doy un par de bocados y unos cuantos pellizcos (también aquí) al jamón. Es el primer jamón de la historia que se corta entero sin darle la vuelta. Yo no corto jamón, yo lo deshojo. Hago fallas, valles y pendientes, escalones y terraplenes, dejando a la vista lianas para la vuelta y pieles del revés. Corto con ansia y tengo las manos llenas de pequeñas rajitas que me escuecen al fregar.
Ahora debería ponerme a hacer estas cosas que tengo aquí apuntadas. Todas importantes y ordenadas. Creo que voy a dibujar a alguien con una toalla en la cabeza y cara de pocos amigos. Ya fregaré mañana.