La Coctelera

Categoría: Ficciones (o no)

Rotuladores en la mesilla

No consigo terminar de apagar el ordenador, todas las pantallas, los programas, las luces. El botón grande y definitivo, por más que lo mantengo pulsado, sigue mostrándome burlón su sombrerito verde. Alguien me está metiendo prisa y yo odio cada centímetro de mi piel iluminada por la luz azul de la pantalla TFT. Luego recorro los pasillos de mi antigua casa, los mismos, sólo que más largos y en la más completa oscuridad, con prisa y cien miedos. Dejo atrás el salón, el cuarto de mis padres, el baño. Al abrir de par en par la puerta de mi habitación espero encontrar protección, seguridad, descanso. Lo que encuentro son dos bultos alargados bajo mis sábanas y ninguno de ellos soy yo. Estoy sola.

Abro los ojos en mi casa ahora, sin saber si esto lo he soñado estando completamente dormida o si simplemente he cerrado los ojos mientras cambiaba de postura. Miro el reloj y el tiempo apenas ha pasado, no lo suficiente. De repente recuerdo la banda sonora de la carrera por el pasillo, una versión de una canción de las que siempre están ahí y de repente te paras y la muy puta te habla a ti, después de todos estos años. Sin saber cómo y por sorpresa, pero de un modo nuevo e inequívoco.

Me vuelvo a la cama dejando todo esto a mano, con la certeza de que no debo ir a la cocina a por más agua y con el vacío idiota de quien ha olvidado lo que había venido a hacer. Ya dentro, la manta me huele demasiado a manta y sé que vuelvo a no poder dormir. En otro sueño, o quizá en otra postura, una voz me increpa: ¿de verdad lo tienes a mano?

Rollos de papel a un euro

Alguien decía verdades como puños, de las que ponen los pelos como varillas de paraguas, y yo me levantaba de una mecedora roída en la que estaba sentada, en la acera gris, para saludarle. Tenía el pelo diferente a como lo imaginaba, pero le sentaba muy bien la camiseta blanca. Lo simple, funciona.

Luego era todo una cabalgata de estupideces, la niña que no crecía (con la misma camisita vaporosa de flores pequeñas con la que se cayó al río y casi se ahoga) me quería comprar papel de envolver regalos y yo no podía (incluso no quería) vendérselo porque mi rollo de papel rojo (muy rojo) estaba ya empezado y lo necesitaba para volver a empaquetar el pescado (ahí es nada).

Nada tenía mucho sentido y todo se alargaba sin motivo aparente, como suele pasar. De hecho, parece que mi subconsciente ha esperado hasta el último segundo, el último antes de que sonara la alarma, para mandarme a reaccionar llamando a la niña estúpida y burlándome de ella de manera cruel. Me he mirado a mí misma con decepción, con un poco de desconfianza, pero luego he pensado que hoy es jueves y que habrá que tomarse unas cañas. Y que si mi subconsciente es mezquino, eso es algo que simplemente, pasa.

Lo bueno de esta mañana (tras la decepción) es que he salido al pasillo gélido y me he topado de nuevo con Rosa. Ha vuelto por esta noche y se vuelve a ir para el fin de semana. En unos días, retoma su sitio. Se me había olvidado lo bien que sientan los buenos días, o mejor dicho, las conversaciones de dos líneas en las que no hace falta más que un gruñido de emes y eñes por mi parte y un "lo sé, lo sé", por la suya. Bienvenida a casa, de vuelta, compañera.

Circunstancias

Que necesito dormir no es ningún secreto. Que sonrío quizá bajo los efectos de la última copa o quizá solamente porque tengo motivos, es algo que salta a la vista. Escribir a estas horas y en estas circunstancias no me beneficia. Pero vengo aquí a decirlo. Misión cumplida.

Escrito no sé a qué hora de qué madrugada, al volver a casa.
A saber.

Fumar a escondidas

Joder. Éste sí que era bueno. Nadie excepto yo conocía la verdadera identidad de un mito. El mito en sí cambió de nombre hace tiempo para desaparecer. Llegado el punto, una profesora ensimismada por su historia, en una clase de universidad, lanzó teorías al aire, sobre su infancia, su paradero actual, sus influencias a la hora de crear. Hablaba con verdadera pasión, los ojos casi vidriosos. Yo me reía por lo bajo y me entraban ganas de hacer pis. Una monja me acompañaba al baño y allí me encontraba con el mito, escondido. Urdíamos un plan. Él quería darse a conocer, derrotar todas las hipótesis, acabar con la farsa. "Esto del anonimato y el misterio en el fondo acaba siendo un coñazo". Nos las apañamos para que le sonara el teléfono a la catedrática en mitad de la charla. Le dijo "yo soy él" y ella se quedó paralizada. Se abrieron las puertas de par en par y entró, seguro de sí mismo en apariencia, pero temblándole la barbilla, de timidez. La profesora tuvo que agarrar el respaldo de la silla para no caerse. Silencio, pestañeos, silencio, murmullos. De repente se oyó un ruido fuera, el mito abrió las persianas y vimos cómo había montado un escenario y un grupo famoso tocaba allí. Mucho rock'n'roll. Todos los artistas le conocían y le admiraban. Yo aún no sabía muy bien qué había hecho para despertar tanta pasión, para mí era sólo un buen amigo. Tenía virtudes, sí, y yo misma le adoraba, pero de una manera mucho más mundana. Para mí nunca había sido un misterio, ni siquiera los dos segundos antes de conocerle en persona. Tocaba Jack Black en el escenario, y más tarde bajó rodando por una colina. Iba dejando pañuelos sudados y otras prendas para deleite de los fans. Yo me preguntaba si muchos de aquellos siquiera le conocían. A mí siempre me había gustado Jack. Cuando miró hacia arriba se lo dije, le dije "siempre me has gustado" y a él se le cambió la cara. El mito para entonces ya estaba sentado en el césped, con los demás. Se esforzaba por parecer una persona corriente, alguien mediocre, para que dejaran de reírle todas las gracias y asentir a cada palabra suya. Me lanzó una mirada de auxilio desde lejos y cuando nadie miraba (esto fue muy difícil de conseguir) lo volví a encerrar en el baño. Me dio las gracias y desde entonces, cada vez que me apetece un cigarrillo, le acompaño.

Poder mental

Hoy, lo primero que me han dicho en el día, ha sido que mi manía de comerme la cabeza, de sobrepreocuparme, es útil, si lo sé controlar. Me han contado, que llegado el caso, en una noche en la que todo se sale de madre, con gente mala haciendo daño (bandas armadas pegando palizas), mi presencia puede ser agradable, y que los malos no se acercan a mí, por temor a que les fría con un rayo mental. Mira que ahora lo estoy controlando. Mitigando. Estoy silenciando mi cabeza, sin mucho esfuerzo. Pero igual sólo debo canalizarlo, para luchar contra el mal. Para ahuyentar los malos rollos. A lo mejor tengo que aplicarme eso de "un gran poder...". A mí siempre me ha parecido más incordio que otra cosa, lo de las pajas mentales. Los torbellinos, mis torbellinos. Hoy es lunes y tengo la cabeza tranquila. Será que no hay ningún peligro al acecho.

La otra historia, ¿por qué no?: de cómo Jeff Tweedy y yo tenemos un futuro fantástico en mi cabeza

En realidad no es guapísimo. Es mono, a veces. Está estropeadillo, quizá. Pero no es eso lo que me enamora. No. Además tiene dos niños y una vida, y es depresivo, y tuvo que estar en desintoxicación y es adicto a las pastillas y sufre de pánico. O eso dicen por ahí. Eso, y que no se va a fijar en mí precisamente hoy. Tampoco lo voy a forzar. Me limitaré a mirarle intensamente, a ver si se da por aludido. Inventarse cosas es gratis. Y es que yo podría hacerle feliz, a él. Yo podría hacerle reír, a él que siempre parece tan triste, en el fondo, aunque disfrute cantando, aunque se le vea contento. Le falto yo, y el pobre no lo sabe. Yo llegaré por detrás a diario, cuando por la mañana él se dedique a componer con la guitarrita, junto a una ventana. Llegaré por detrás y le daré besitos en la nuca, con la nariz y la boca, y sus pelos despeinados me harán cosquillas en los ojos. Y él me dirá que así no puede concentrarse, y se volverá hacia mí con una sonrisa, y me llamará pequeña, y desayunaremos con mucho sol. Sin pastillas. Si eso un porrito. Y por la noche, me cantará suavito, en la espalda, con la voz pegada a la piel, para que no me duela nada nunca más. Qué bien vamos a estar, joder. Seguro que cuando se ríe está guapísimo.

Más majo, mi Jeff Tweedy.

Estoy nerviosa y todo.

Bebida espirituosa

Mandé la solicitud para el puesto de promotora de bebida espirituosa. Me citaron para una entrevista esa misma tarde. Al llegar, me recibieron un par de ánimas, las mismas que me habían despertado por la mañana, sonrientes no obstante, con unos papeles volátiles alrededor. Cogí uno de ellos. "Existe", era lo que ponía. "¿Qué es lo que existe?" les pregunté, "te equivocas de tiempo verbal", contestaron. Me dieron un beso y se fueron, mirando hacia atrás, por si las seguía. Las seguí y me dejaron frente a una fuente. Tenía burbujas. Muchas. Eran burbujas hechas de la sal gorda de las galletas danesas. Me acerqué y olía a frío y a colores ácidos. Olía claramente a limón, pero al color, no a la fruta. Me acerqué demasiado y me picó la nariz. Al rascarme hice un sonido musical, como dingdongding, que nunca jamás había oído. De la fuente emergieron unos gladiolos enormes que se deshojaron (se despetalaron, se despelotaron) los unos a los otros y soltaban unos grititos agudos espantosos. Les grité que pararan y como no me hacían caso me metí en la fuente, con ellos. El ácido sólo me llegaba hasta las rodillas pero dejé de respirar instantáneamente. Mi piel se fue volviendo transparente, poco a poco, mis ojos violetas, los podía ver desde dentro. Mi cabeza, efervescente, se desvanecía en vertical. Cuando estaba a punto de desaparecer llegó con paso firme un señor de pómulos resistentes y orejas acusadoras, me agarró del brazo que me quedaba visible y me levanto en el aire. "No es un suted muy formal, señorita", me dijo sin soltarme aún. "Se dice usted, señor", le contesté, y luego rompí a llorar y luego a reír y al revés. Él negó seis veces con su cabeza puntiaguda arañando el techo y dibujó en el aire mi castigo.

Escurridizo

Creo que viene por la marca de aquel alien de la pierna, hace ya casi dos años. Una especie de agujerito de piel, muy raro. Pues ahora resultaba que se hacía como una montaña, y parecía un volcán, duro y cada vez más alto. Y no le daba importancia hasta que me daba cuenta de que tenía otro, un poco más a la derecha, aunque más pequeño. Después tomaban un aspecto que me recordaba mucho a las berenjenas en vinagre. No me gustan nada las berenjenas en vinagre. Las aceitunas y los pepinillos sí, pero el rollo banderilla y vinagre a saco me hace cerrar los ojos fuerte y apretar la lengua. Pero bueno, a lo que iba. Grandes berenjenas, inclinadas, como cosas marinas, con estrías y sombrerito y las tocaba y eran velludas, negras por dentro, si le separabas los raíles. Alguien me decía que no debía abrirlas así, que podría meterse algo. Yo las tocaba porque por dentro eran como un peluche oscuro. No podía parar. Al final empecé a verlo más raro. Como ya estaban muy grandes decidí hacerles fotos y que las viera mi madre. Pero en las fotos salían en blanco y negro y parecían maquetas de edificios modernos. No se iba a creer que eso fuera parte de mí, ni de coña. Luego empecé a reconocer lo que podría ser el final de una vena o de una arteria, mutado convenientemente de formas y texturas y colores, escurridizo, como un junco. Eso es, como un junco que se balanceaba y me daba mucho miedo. Menos mal que esta mañana, cuando he pasado los pies por las piernas contrarias, todo era suavidad y rectitud, con los ojos cerrados.

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