La Coctelera

Categoría: Me cago en todo

Voy a matar el sábado...

...para que llegue el domingo. Y que la mañana del domingo se vaya cuanto antes.

(Ay)

Salgo, y lo que iba a ser una quedada multitudinaria (léase multitudinaria como cinco o seis personas) acaba siendo un trío la mar de apañao pero con poco gas (excepto una que yo me sé, que menos mal que le han avisado de una fiesta, porque esa se pone a dar botes en su casa si se tiene que volver tan temprano y, claro, luego se le caen los armarios). Y ha estado bien, pero estoy muerta. Y me jode estar muerta cuando podría pasármelo bien, bailar con el melocotón guapo que es la Honey y tomarme una copa. O dos. O tres. Y me ha cortado el rollo que no tenía las llaves de la tienda para abrir mañana (me toca) y qué sé yo, un lío, después de toda la tarde de tensión en el curro, con una jefa llamándonos uno a uno a darnos la charla en el sótano. Total, que currar en la tienda va a tener que ser más currar y menos pasar el rato y yo me voy a la cama que me duele la cabeza. Y vuelvo a odiar, un mes más, los primeros domingos de mes. Cagoentoloquesemenea.

(Ay)

¡Ay!

Trabajé lunes, martes, miércoles, jueves. Me queda viernes, sábado, domingo, lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado. Si a mitad de la semana que viene dejo de publicar, dadme por muerta. Ha sido un placer conoceros.

Mi casa, teléfono

Lo peor de todo es que me lo he buscado yo misma y que ya me había pasado antes. He intentado pincharlo pero es pronto. Lo he metido en agua hirviendo con sal y no funciona. He ido a la farmacia, me han dado una pomada y me han dicho que si empeora patatín y patatán. Esto me pasa por idiota. Mi mano parece la de ET. Aichs. Ayer fue un buen día. A pesar de tener que currar. A pesar de la amenaza de bomba en la calle de la tienda, por mochila sospechosa, que hasta vino la poli a cerrar las tiendas. Y allí estábamos mi compañero y yo, encerrados en el baño, pensando que igual era nuestro último suspiro. Pero pasó, media horita después más o menos, vino el policía de la barba de chivo y la cara de infiltrado y nos dijo que parriba la reja. Por la noche, fiesta de fin de rodaje (e inicio de mi labor: la edición) de la serie de Mario. Todos estaban contentos y a la vez melancólicos, y esa casa sigue siendo enorme y sigue dándome miedo, y se contaron historias de reírse, y unos hablaron más que otros, y se escuchó música variopinta, y los mojitos estaban en un bote de plástico de galletas saladas. Y jugamos a escondernos por la casa como si tuviéramos diez años. Y había nachos y quesos de untar y para qué quiero más. Y me sentí bien. Y el vestido era perfecto, ya ves, verde entero, con bailarinas fucsia y collar amarillo. Parece como de la Ruiz de la Prada, dicho así. Pero estaba guapa. Y les vi a todos. Y me gustó mucho estar allí, en calidad de lo que sea. Llegué a casa y caí como peso muerto.

Ayer (family tales)

Mi hermana me llamaba cada diez minutos en mi viaje de Vejer a Sevilla. Que si la acompaño a la pelu por la mañana y luego de rebajas. A primera hora. Que si me recoge en su nueva moto. Que si mejor viene a las ocho y media o nueve y nos invita a churros. Dicho y hecho. Churros con café.

Salimos de la peluquería y me gusta mucho como le queda el nuevo look. Ella no está muy convencida. Dejamos la moto en casa y caminamos. Vemos un perro sobre una bici, la foto es evidente pero no la pillo como es debido. No tengo ojos.

Mango. Women Secret. Sisley. Mi hermana se compra dos camisetas y un bikini y hace la de las muñecas rusas con las bolsas. Yo lo único que consigo es llorarle un poco en un probador mientras se mete en unos vaqueros. Me pongo las gafas de sol. Las de los cristales de zumo de manzana.

Miramos maletas. Nos regalamos libros la una a la otra. Adivina cuál le regalo yo a ella. Pasamos por casa de mis padres, de nuevo, a dejar unos papeles. Mi padre y la perra comparten despacho. Probamos el jamón de york (viene de familia) recién comprado, emitimos veredictos, robo un par de trocitos de pollo al limón, salimos de nuevo al calor.

H&M. Me hago con tres vestidos por veintisiete euros, de los fresquitos. Compramos en el supermercado de El Corte Inglés y volvemos a su casa. Llega Julio. Botella de vino. Guitarra. Comilona. Hierba. Helados de tres sabores. Yo soy Bea. Siesta descomunal. Aperreo. Superchef. Galletas con colacao. Padre de Familia. Hora de irse.

Nos reunimos con mis padres en la Alameda. Bici roja con niños jugando delante y carteles de colores detrás. Tengo los ojos cansados, me duelen los pies, tengo miedo. Me como tres tapas, cuatro cervezas. Me encasqueto, nunca mejor dicho, un casco de moto tres o cuatro tallas menor que mi cabezota. Mi padre me lleva en su moto, a casa. Cierro los ojos. Como cuando era pequeña. Como ahora. Pequeña y acojonada. En la moto no hace tanto calor. Cuando me quito el casco mi cabeza palpita.

Entro en internet antes de dormir. Mi madre viene con soluciones, antes de acostarse. Que siempre puedo venirme aquí. Que no tengo que estar malviviendo. Que no sería un fracaso, no sería tirar la toalla. Que si estoy preparada para los altibajos. Me entran las ganas, de nuevo, qué coñazo, de llorar como una tonta. No, no me siento preparada. Le hablo de mis plazos, de mis topes, y apenas los entiendo yo ya.

Hoy activo el modo "me voy a Madrid, no pasa nada". Tengo entradas para el Summercase. Me voy a poner las pilas. Vuelvo. Tengo palabras que me empujan. Muy seguidas. Saturando memoria. Palabras sanadoras. Para ir masticando en el tren, esta noche.

La distancia

Y no sé dónde se coloca esto. Es decir, vengo, escribo, lo dicen ellas, que tienen que ponerse a teclear o me van a estrangular. A mí. Y me dice mi madre, no llores, y yo respondo que no, que lo entiendo, que es mejor así, y lo digo de corazón, y no lloro. Luego cuelgo, le digo a mi hermana por el messenger que ya lo sé todo. Ella me dice que hubiera preferido no decirme nada, que no me enterara, hasta que lo viera. Mi primera reacción es pensar que por qué, que me lo tienen que decir, que me encuentro si no el pastel de frente, tartazo de nata en la cara, y eso es peor. Pero acto seguido me veo, vista por los demás, y me siento débil, la gripe, la muerte de los perros, la distancia (ésta, otras muchas), la ausencia (ésta, otras muchas), que ya era tal, pero ahora con ese color negro, como de nunca jamás, de profundo, de trascendente. Se engordan, las carreteras de aquí a allí, y cada minuto estoy más lejos. Y ya no la voy a volver a ver.

Me dice mi madre que mejor así, y me llaman y lloro desconsoladamente, es decir, sin consuelo ninguno. Pero digo, da igual, es mejor así. Ha vivido muy bien, mucho, muy feliz. Ahora sufría. Y no quiero llorar, le he dicho a mi madre que no lloraría, y paro en seco, y salta de repente, tres segundos después, un resorte metálico, como las lágrimas rebeldes, y estallo, y no puedo parar, no pienso con claridad. Sólo sé llorar, ahora. Paro en seco, controlando, de nuevo, y es peor, es como si cogiese carrerilla, y el llanto son gritos casi, y muchas vocales, y mierda, joder, coño, palabrotas. Me pongo un café y no lo bebo.

No quiero dramas, pero estoy en uno de esos puntos, esos puntos en tu vida raros, que se empeñan en confundirte, magrearte, atarte de pies y manos, empujarte a lo desconocido, darte cagaleras, matarte a sustos, miedos, tembleques. Vértices, vórtices, qué sé yo. Leo la definición de vórtice: torbellino, remolino, dentro de un ciclón. Leo la definición de vértice: punto en el que concurren varios planos, cúspide, y algo más. Geometría, vientos, puntos culminantes. Ya sabía yo.

Y te pasan cosas, como ésta, que no es fácil, aunque es la vida, es natural, y va bien, pero de repente yo no sé hacer una maleta, ni fregar un plato, ni recoger los zapatos de debajo de la cama. Lo único que sé hacer ahora es esto, llorar, escribirlo, pensar que todo esto apesta, que tengo miedo, que lloro a mi perra, muerta ya, aunque aún no, que es esta noche, y es extraño conocer la hora de su muerte, y dice mi madre que no se va a despedir ella tampoco, que la deja en el veterinario y ya está, y yo me acuerdo de la última vez que la vi. No, la penúltima. Me despedí de ella. Por si acaso. Creo que también lo hice la última vez, aunque no tan convencida, porque la vi con ganas de seguir. Fiera. Y pienso en lo mucho que la quiero, en que ha corrido mucho y muy rápido, que no había quien la cazara. Como ahora. Que se va.

Chiti chiti bang bang

Me quedo en casa por la mañana. Estoy mala. Mi madre me llama, el grito en el cielo porque no la he llamado para contarle que estoy mala, que hay que ver, que qué me estoy tomando, que siempre me pasa igual antes de las vacaciones. Me vuelvo a la cama. Platos por fregar. Muchas cosas efervescentes, bebidas, con extraños sabores a supuestas naranjas. Mi madre me explica que cuando llegue el sábado, Uma ya no estará. Iba a ponerme a recopilar cosas para la maleta, pero me siento débil. Y cuando llegue el sábado, mi perra ya no estará. Mi madre me ha pedido que no llore, que si lloro, no puede. Los perros no deberían morirse nunca. Mierdadevida.

¡Noooooooooooo!

Mierda. He cogido frío esta noche. La cortina volaba hacia fuera y se oía como barrer, pero era el roce de la tela con mis margaritas secas. Porque están secas. Pero siguen siendo mis margaritas. Me dijeron que las transplantara, a otra maceta más grande, pero soy un desastre. Al despertarme me pica la garganta (mierda, esto ya me lo conozco) y me duele un poco el oído. No puedo ponerme mala ahora. Jo. He tardado demasiado en ponerme la colcha por encima. Sólo llevaba la sábana verde, casi atada al cuello. Estaba profundamente dormida, como si no fuera conmigo, el resfriado, la cortina, el viento. No sería la primera vez que me pongo mala malísima en Vejer. Espero que se me pase antes del sábado. Voy a ver si reúno nombres raros como frenadol o iboprufeno. A ver si me engaño. Porque esto es de tontos. Al final, paracetamol. Siempre se me olvida para qué sirve qué. Lo miro en internet porque es muy temprano para llamar a mi madre. Aunque conociéndola estará ahora en la cocina, repartiendo tostadas con mantequilla, para ella y las dos perras, con esa bata que me dan ganas de abrazar, del color de mis sábanas, con las mangas cortas. Mi consuelo, que los palos de ciego son sabios, o eso dicen, y que la piñata se tambalea, y está acojonada, porque aunque me dé fiebre (por dios, espero que no), pienso atizarla con todo lo que tengo a mano.

Empatía

Cambio de planes. Lucía mañana no puede trabajar y a mí me reajustan los horarios, quedando un viernes más libre así de repente y un sábado (mañana) que se presenta infernal. No importa. Al salir a las cinco he ido a ver a Lucía, que tiene un mal día, pero de los que son por motivos concretos, motivos de peso. Por el gran motivo. Ese motivo por el que te quedas muda, sin saber qué hacer. Yo he optado por ir a verla un rato, comprarle un helado, dulce, fresquito. Le ha gustado mucho. Hemos hablado de lápidas, de dosis de realidad, de no tener miedo a nada, de ganas de vida, de gente importante. A ella se le llenan los ojos de lágrimas pero sonríe. No se puede estar más guapa. Decían en la obra de teatro de ayer que una mujer feliz siempre está guapa y que una mujer triste nunca puede estarlo. Lucía tiene tanta fuerza, sea cual sea su estado de ánimo, que siempre irradia energía, siempre. Me contagia, siento la pérdida como si me tocara cerca y al mismo tiempo me siento fuerte.

A la vuelta en el autobús he ido hablando con mi madre, de miles de cosas. Muchas novedades por Vejer. Lavadoras, alquileres, obras, personajes. Lo de siempre y más cosas. Empatía, de nuevo. En el mercadona, compro cuatro cosas porque no me acuerdo qué me faltaba. Al salir paro en el puesto de prensa y compro el número 153 de la revista Mi Casa. Hay un reportaje precioso, larguísimo de La Botica. En el link podéis ver la versión digital, que mola menos, pero mola. La pena es que el día estaba nublado y no se ve lo mejor del sitio, la luz que brota de cada ventana, las vistas. Era día de lluvia y niebla. Pero el hotel sale precioso, tal y como es. Y el Pitu posa en dos fotos metido en un barreñito negro de caucho y a los pies de Josip. Me río hasta que se me saltan las lágrimas viéndole mirando a cámara. Tengo muchísimas ganas de irme. Muchísimas. Este verano va a ser muy importante, decisivo, a muchos niveles. Lo sé.

La tarde se me está acabando. Voy a ver si hago algo de provecho antes de que se esconda el sol. Las lavadoras, los escritos, los órdenes, los papeles.

Y a reunir fuerzas.

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