Sol en la cara, me cambio de sitio. Sol en la espalda. Aprovecho y frío un huevo en mi camiseta. En el Paseo de la Florida hay más tiendas de chinos y bazares de todo a cien que losetas en las aceras. Me fijo en el asiento de delante y alguien ha escrito a jirones el 573: tarda mucho. Y no le falta razón. Temo por el sandwich que llevo en el bolso, temo que este calor resucite la materia prima que lleva dentro y ésta me ataque por querer almorzármela.

Entramos en Mad Max, popularmente conocido como las obras de la M-30. El asiento se convierte en un vibrador gigante y nada delicado. Mi sandwich emite un gemido escalofriante. Y yo, en el fondo, también emito un gemido mental. Cierro la cremallera de mi bolso. En la calle del Cine, poco glamour. En la escuela de Cine todos tienen ese regustillo.

Paradas que no están cerca de ningún sitio y miles de amapolas muy rojas hacen bandera con extensiones muy doradas que emiten calor sólo con mirarlas. Siempre hay un autobús estropeado debajo de un puente. Quizás haya un bucle espacio-temporal. Seguramente lo haya. Me gusta ir a Carrefour, a veces. Paso cerca de Telemadrid y me pregunto si estarán allí Alipio y Begoña. Algunos tramos de carretera me recuerdan a mis viajes a Cáceres.

Entrando en Montepríncipe la mítica señal de Peligro Ardillas y el cartel de Usted está Aquí con el punto rojo en dos sitios del mapa completamente opuestos. Cortesía de César. Del autobús a la oficina tengo el tiempo casi justo para un cigarrillo, que nunca me sabe a mucho, por las prisas.

Mr Calamar reproduce aleatoriamente sus entrañas y decide cuál será mi estado de ánimo el resto del día. Sabe que puede y se burla de mí.