Rasqué el boleto y me tocó un premio. La verdad es que es una tontería pero siempre me pareció excitante comprobar si hay premio o no hay premio detrás del dibujo. No suelo esperar nada, pero durante unos segundos no puedo evitar emocionarme.

No era el premio mayor pero tampoco era un reintegro. Cuando lo recogí y lo tuve en mis manos no supe muy bien qué hacer con él. Lo llevé a casa, le conté mi vida, y le di todo lo que pude para que estuviera cómodo. Él parecía contento. Pero quizás le di más de la cuenta.

Empezó a cambiar las cosas de sitio, y me pareció bien. Empezó a traerse sus cosas. Yo no sabía que tuvieran cosas los premios de rascar y ganar, pero llenó mi casa de bártulos. No me molestaba en absoluto. Me gustaban los discos que traía, leí algunos de sus libros favoritos, me tocaba canciones tontas a la guitarra...

Lo alimenté con todo lo mío, de golpe, y empezó a crecer de manera vertiginosa. Sin apenas darme cuenta se hizo más grande que yo, más alto, más fuerte en todos los sentidos. De repente y sin avisar, me convertí yo en un juguete pequeño en sus manos.

No me importaba. Estaba feliz con mi premio del rasca y gana. Por fin lo había encontrado. Por fin había salido algo distinto al "Gracias por participar".

Lo que nunca imaginé es que me dejaría. Intentó irse sin hacerme daño, pero eso era muy difícil. Porque no me lo esperaba. Porque ya estaba metido en mi vida, en mi casa, en mis ojos, en mis oídos. Estaba manchando mis manos, mis paredes, mi alma... y me dejaba sola.

Se cambiaron los papeles. Entonces fui yo la que se encontró encerrada en un boleto artificial, esperando ser rascada.

Porque me pica. Y me comí todas las uñas cuando rasqué y gané aquella vez.

Si me hubiera tocado el reintegro al menos me hubieran devuelto todo lo que ofrecí.