Me aburro mucho. El partido debe haber dejado a todos los residentes en Madrid completamente (fuera de lugar como la pizza taco) agotados, porque aquí no pasa ni un alma. Y no entra ni media persona. Ni un brazo a saludar. Nada. Vacío.

Silencio.

Calor.

Hoy quizás viene (o ya ha venido) la hermana pequeña de Rose. Se llama Sandra y según hemos sabido (cada una por su lado, con el enlace común Rose, claro) somos idénticas. Como almas gemelas. Sólo que ella tiene 18 años. Pero tenemos los mismos fallos, los mismos complejos, los mismos vicios... O al menos una buena parte de todos ellos. Ella también ha tenido siempre complejo de frente amplia, a ella también le encanta hacerse fotos, ella también es confiada hasta decir basta.

Basta.

Pues eso, que tengo ganas de conocerla, coño.

No paro de darle sin querer al botón de la impresora con el pie. Van seiscientas hojas de prueba de impresión.

Cuando en casa Rosa o yo abrimos la nevera surgen ruidos extraños... no voy a desvelar el secreto que esconde la nevera aquí. Es algo demasiado grande como para que se sepa así alegremente. Yo, cada vez que los oigo me pego un susto de la leche.

Pero de la leche pasada de hace tres semanas. Qué asco.

Rosa está consiguiendo poco a poco que me obsesione (como ella) con las cosas que caducan y las cosas que van intoxicándome por dentro sin que yo me entere. Ahora resulta que las botellas de plástico que yo relleno de agua para tenerla fresquita hay que tirarlas más a menudo porque desprenden movidas químicas de las malas (malas). Pero nunca llegaré a su extremo:

Hola me llamo Rosa, abro una botella de leche y al día siguiente desconfío y pongo mi mirada patentada de sospecha

Total, que a tirar botellas.

Me compré un abanico el otro día a las nueve de la mañana porque salí del bus sudando cual pollo danzante (los pollos que bailan sudan mogollón). Cuando llegué por la noche Rosa me había comprado uno muy bonito, pintado a mano con floripondios grandes. Es decir: 1+1=2. Tengo dos abanicos. Uno pa potrear y uno regalo de mi compi para guardar con mucho amor y usar en ocasiones especiales.

Dentro de una semana, me voy de vacaciones.

Y me siguen repartiendo panfletos de gurús africanos. A veces hasta me entran ganas de llamar. Para hacer vudú, que debe ser divertido.

Sí, soy malvada. Una tiene que permitirse ciertos caprichitos.

Hoy me ha dado por la negrita.

Qué pasa.