Intentando retener ideas fugaces que se van tópicamente con el humo de una pipa muy larga. Las casas respiran a mi paso, o al menos una de ellas, que juro por dios que ha suspirado cuando he rozado la fachada con mis dedos. Mi padre hace diagonales sobrias cuesta arriba, para atenuar la pendiente. Yo, por mi parte, acelero junto a unos extranjeros, como queriendo demostrar con mi paso firme y decidido que soy una más de este lugar. Que pertenezco de manera natural. Que sé lo que me hago. Armonía completa y discreta entre mi persona y el aire nocturno, que me lleva suspendida como a una bolsa de patatas fritas vacía.

Soy un timo y me quedo hasta conmigo misma. Mi cabeza viaja mucho más rápido que las palabras, que los pies o que las manos, pero a eso estoy muy acostumbrada ya. Acaricio orejas nuevas y las siento cálidas, suaves y mías. Me baño con las últimas dos horas de sol y hago fotos increíblemente inspiradas con la tapa del objetivo puesta.

Todos los días como si llevara mis mejores galas (y mis mejores bragas).

La banda sonora de este texto, es un tópico de nuevo, es Bob Marley diciéndome que no puedo escapar de mí misma.

Y realmente, no puedo. Pero igual es que tampoco me da la gana.