Ha entrado una paloma en la tienda. Pero no estaba despistada, ni tenía ese aire de idiota que tienen siempre las palomas. Ésta era una paloma diferente, una paloma decidida, entera, independiente y autosuficiente, y con la determinación brillando en sus pequeños ojitos amarillentos.

Ha entrado con pasos pequeños, ridículos como los de todas las palomas, pero extrañamente firmes. Ha pisado fuerte hasta llegar a la mitad del local, sin dejar de mirarme a los ojos, desafiante, segura de sí misma. Yo la he mirado inquisitiva, como siempre miro a los que entran aquí.

Y he sentido envidia.

Cochina.