[Sobre la puñetera bicicleta sin dueño de la que ya estáis hartos de leer]

La bicicleta guapa se ha mudado a la esquina, donde ya no puedo admirarla. Allí parece haber encontrado una amiga, una BH roja de manillares altos, con un timbre en forma de mariquita. Se parece a la que me intentó enseñar a montar cuando era pequeña. Pero soy muy cabezota y le dije no, no, y mil veces no. Las dos bicicletas parecen dos hermanas que se protegen entre sí. Les he hecho una foto pero han salido con los ojos cerrados.

[Sobre el hecho de que me queden cuatro capítulos para terminar la quinta temporada de 24]

Anoche decidí en secreto que de mayor quiero ser Chloe O’Brian. Un día de estos me pongo a trabajar en ello. Seriamente.

[Sobre La Historia Del Pajarillo Incandescente Que Pió Demasiado Cerca Del Abedul Entristecido. O lo que es lo mismo: mi historia con una pasajera china en el autobús]

Esta mañana, en el autobús gratuito de mi corazón he tenido una experiencia mística. Había una china joven, guapa, etérea y de rostro porcelánico (palabra mía) sentada cerca mía. La observé intentando que no se diera cuenta pero comprendí que se trataba de una entrenadísima samurai con un don natural para milalte sin milal y otras disciplinas igual de complejas.

Se movía grácilmente casi sin posar los pies en el suelo, como en esas películas en las que todos estáis pensando. Casi juraría que la vi mecerse en los árboles antes de llegar a la parada. Como una pequeña y al mismo tiempo imponente ardilla mágica. Una ardilla china, claro.

Se levantó para bajarse en la parada anterior a la mía. Me rozó sutilmente y sentí un escalofrío recorriéndome la espalda. Me pareció notar que transportaba una katana plegable en el minibolso. Creo que estaba de misión secreta.

El autobús hizo un movimiento brusco para detenerse en un semáforo y la china samurai de los cojones apoyó TODO SU BENDITO PESO en mi pie.

Ya no parecía tan etérea, grácil o mágica.

Y yo llevaba sandalias, claro.

Porque con este calor, cualquiera se cubre los pies.