¿La verdad? No tengo ni la más remota idea. Los cambios, los malos presentimientos y lo que me cuesta dormirme últimamente, me hace pensar que todo ha dejado de encajar.

Pintaré las maderas del lateral de la cama (anteriormente conocidas como palé que sustentaba la cama) de tres colores: naranja, fucsia y verde, por ejemplo. Con eso me sentiré bien, me sentiré creativa, moderna y viviente. Y más tarde me volveré a sentir gilipollas.

Navego y encuentro gente interesante. Mucho más interesante que yo, al menos. Y confieso que envidio las cosas ajenas y que tiendo a querer ser distinta.

Un calcetín rojo en mitad de la carretera me provoca cierto bullicio inventivo, que no vale ni diez céntimos. Lo ignoro y sigo. Hoy me he levantado nauseabunda.

Destiendo y alguien está aparcado en la acera de enfrente. No le veo la cara pero en mi mente se escriben conspiraciones e intentos de asesinato. Creo que debería dejar de ver determinadas series.

Quiero comprarme una cosa. Pero no termino de atreverme porque aún me queda decencia. Poca. Casi inexistente. Pero ahí anda la muy jodía.

Nada de lo que diga tendrá nunca el significado que tiene en mi cabeza. Y podrá ser utilizado en mi contra. Pero si lo que digo, lo digo yo, no debería ponerse en contra mío, por ser mío precisamente, ¿no? Pues no. De hecho, casi todo lo mío se me enfrenta.

La hormiga exploradora está haciendo de las suyas. Mulso, contramuslo y pechuga. Tengo que escribir esa canción como sea.