Un día, un niño en monopatín entró haciendo un ruido ensordecedor por una de mis orejas. De eso hace algún tiempo. Antes de volver a salir por el conducto contrario, se quedó unos cuantos meses, en mi cabeza.

Le gustaba mucho subir y bajar por las rampas y los toboganes que yo tenía para estas ocasiones. A mí me hacía cosquillas y me daban ataques de vida continuamente. Me salía música por los ojos, sin ningún tipo de control. Parecía que el niño me cantaba desde dentro.

Después de un tiempo tuvo que irse, y yo ya me había acostumbrado al ruido. Creo que de alguna manera me dejó sorda. Ahora no puedo oír según qué cosas.

Hoy todavía escucho su run-run.

Cada vez que el mío se calla.