Llevo casi todo un mes queriendo escribir sobre mi padre. El día 9 de agosto fue su cumpleaños, y llevo desde entonces mareando las ideas.

Me gustaría hablar de la imagen que todo el mundo tiene de él. Mi padre es un tío alto, con pinta muy seria y de voz muy grave. A mi padre no le gusta la gente, dice que ya tiene bastante con la gente que conoce hasta el momento, y que no necesita relacionarse con nadie más. Por él, estaría el resto de su vida sólo y exclusivamente con mi madre. Y con sus niños, como mucho.

Cuando le digo a mis amigos que con mi padre me río continuamente, ellos no terminan de creerlo. Claro, mi padre parece una persona seria con la que no se bromea. Pero no es así. A pesar de ser un poco pesado explicando los chistes después de contarlos como si yo no los hubiera entendido (la versión de este comportamiento por parte de mi madre es repetir una y otra vez la última frase del chiste en cuestión), comparto y disfruto de su sentido del humor y he reído hasta llorar con él. Mi padre tiene un humor que podría definirse como llano a la par que meticuloso. Pero es que mi padre es meticuloso, organizado y concienzudo hasta para los chistes. Todavía tiene un par de años de Chirigotas grabadas de la televisión que me gustaría ver con él. Como en los viejos tiempos.

Sobre lo de ser meticuloso y concienzudo hay para escribir un libro. Mi padre es el segundo de La Saga de los Perfectos, que es una especie de asociación tradicional capitaneada por mi abuela paterna, y cuyo último eslabón ha acabado siendo mi hermana Andrea. Mi padre está acostumbrado a tener la razón en todo, a hacerlo todo perfectamente bien, incluso las cosas que son imposibles (como meter todas las maletas del mundo en un maletero cuando es físicamente improbable). Desmenuza cada cosa que hace, con listas perfectamente detalladas previamente, y con todas las consecuencias posibles en mente. Por eso, cuando en el universo se tuerce algo y mi padre falla (no existe otro motivo lógico), le cuesta mucho reconocerlo. La gente como él (o como mi hermana, a otro nivel), tan perfeccionista y tan “perfecta” no está hecha al fracaso. A mí toda esta obsesión por las listitas y su agenda electrónica (ahora ya tiene un PDA), y todas las vueltas que da para hacer una sola cosa me parecen entrañables.

Mi padre ha sido siempre uno de mis mayores mentores musicales. Sin saberlo, con la música que ha elegido durante toda mi vida para los viajes en coche, me ha transmitido gustos, y hemos compartido canciones. A él le debo el sonido de Bruce Springsteen, de Dire Straits, de Pink Floyd, de Elvis, de Johnny Cash. No quiere decir que sean ahora necesariamente parte de mis artistas más escuchados, pero creo firmemente que la música que escuchamos desde el principio de nuestras vidas, moldea en cierto modo la música que acabaremos oyendo más tarde. Será una tontería, pero para mí es fundamental. Luego mi padre pasó por etapas musicales que yo no comprendía, como la de Jose Luis Guerra, o la del Country en general (sólo soporto a Cash, porque no es lo mismo). Lo mejor de los últimos años, musicalmente hablando, han sido cosas tan dispares como Bob Dylan, Bob Marley o Bambino. También hemos tenido momentos de música más familiar (con la participación sus hijos), donde podría incluir desde Mecano hasta The Cranberries, pasando por una insólita Laura Pausini. Admito que la Pausini es culpa mía, de mi más tierna adolescencia. Él ha pasado por todas mis épocas, escuchando lo que yo quería compartir.

Mi padre es sin duda la persona que más protección y seguridad me proporciona, a nivel emocional. Esto no tiene mucho sentido ya que realmente no le cuento mis pajas mentales en exceso, ni le mantengo permanentemente informado acerca de las cosas que me pasan (como sí hago con mi madre, por ejemplo). Pero lo cierto es que cuando hay algo que me impide pensar con claridad, o hay algo que no me deja avanzar, o cuando alguien me hace daño; es completamente innecesario informar a mi padre de los detalles.

Siempre se mantiene al margen, sin meterse en mis cosas, sólo controlando desde lejos si todo va como debe ser. En momentos de crisis, mi padre ha dado siempre con la frase exacta (quizás ni siquiera lo sepa) o con la actitud adecuada para lidiar conmigo. Nunca olvidaré aquel consejo que me dio en un momento realmente feo de mi vida, sobre que lo importante es “tener la mierda bajo control”. Así de sencillo. Mi padre es un norte, un sitio donde quiero estar, un puente a la realidad de la que me alejo demasiadas veces.

Otra cosa que he ido descubriendo (estas cosas las das por hecho y no las observas cuando eres pequeña) es que mi padre está enamorado cual quinceañero de mi madre. Han pasado por muchas épocas malas, se han enfrentado a muchos problemas, han discutido (y siguen haciéndolo) por miles de cosas; pero después de todos estos años, me fijo en cómo la mira y me doy cuenta. Muchas veces es torpe con ella y no la entiende en según qué asuntos; pero lo que se lee entre líneas después de más de dos décadas casados, es que el amor le sale a borbotones.

Mejor no paso a hablar de cómo recuerdo que me olía al abrazarme cuando era pequeña (decía que olíamos a pollito); o de los paseos en su moto (cuando se tumbaba en las curvas como si estuviera en el circuito de Jérez a pesar de llevarme como paquete); o de los primeros porros que compartí con él y lo que eso significa; o de cuando confesó que, a pesar de que pudiera parecer que la elegida era mi hermana Andrea, yo era su hija favorita.

Y tampoco voy a hablar de los cientos de cigarrillos que nos hemos prestado el uno al otro a pesar de que su deber como padre es decirme que lo deje; o de que cada vez que ejerce de telepadre no disfruto sólo por no tener que ir en autobús, sino por estar un rato con él; o de cómo me gustaba cuando era una enana pasar horas jugando con las latas y cajitas que me daba en su cuartillo lleno de trastos y herramientas; o de la fascinación que me provocaba cuando íbamos a la compra del mes y nos organizaba para traer cosas al carro con estrategias casi militares.

Tampoco voy a cebarme con su facilidad para llorar con las películas (y con todo en general, conociéndole a estas alturas del texto ya estará emocionado); o con que no pise la playa desde hace eones y cuando lo hace es completamente vestido para cachondeo general; o con la manía que tiene de repetir las cosas trescientas millones de veces; o con que dijera que sus hijas no somos guapas sino que somos del montón (y de por abajo del montón; y es que la sinceridad es otra de sus cualidades); o con que allanara una propiedad en la provincia de León para conseguir una planta de Lúpulo.

Y por supuesto no pienso decirle que con barba es más atractivo que Sean Connery. Ni que yo no creo que necesite ponerse a dieta como le dice mi madre todo el tiempo.

Llevo casi un mes sin saber qué decir sobre mi padre, porque es difícil hablar sobre alguien tan importante sin dejarse nada.

Felicidades, padre. Por si no lo has leído entre líneas… te quiero una auténtica barbaridad.

Hala.