Ayer estuve hablando de Candela, mi nueva sobrina. Bueno, es sobrina de mi novio, pero a efectos prácticos también la considero mía. Un poco al menos. Total, a lo que iba, que ayer hablaba de cosas bonitas y me contuve para no hablar de cosas terriblemente feas, como la que me pasó al levantarme por la mañana.

De todos es bien sabido mi rechazo sistemático y fobia incontrolada en lo que a cucarachas se refiere. Durante el año y medio que llevo en mi piso, sólo había tenido que enfrentarme (si es que se le puede llamar enfrentarse a salir corriendo) a estos seres en el portal, o como mucho en la escalera. Y yo era feliz por ello. Muy feliz, os lo aseguro. Tremendamente feliz.

Ayer por la mañana, al entrar en la cocina para servirme un café, cuando aún mis ojos no pueden enfocar correctamente y estoy abandonando el séptimo sueño, una pequeña y repugnante cucaracha ha correteado alegremente sobre mi lavadora. Una cucaracha en mi lavadora. Cucaracha. Alegremente. Lavadora. Recién levantada. Mierda.

Al principio pensé que no podía ser, y que cuando consiguiera fijar mi mirada y ver lo que era, sería cualquier otro bicho. Pero no fue así. Cuando enfoqué, seguía siendo una maldita cucaracha. Era pequeña, de una especie distinta a las que me provocan tanto pavor, y que al ser más pequeñas pueden parecer otro bicho sin más. Pero seguía siendo una de ellas. Y ella sabía que yo lo sabía.

Entonces lo hice. Cogí mi zapatilla y la maté. Esto no significa que haya superado mi terror, porque fue un acto de supervivencia aislado y sin precedentes. Podría haberla asustado o simplemente haber esperado a que se escondiera, pero realmente no me sentía capaz de servirme un café a menos de un metro de donde la había visto trotar alegremente. Dios, qué puto asco.

Y ahora mi vida es una mierda, porque si he visto una pequeñita puede significar varias cosas:

a) Que hay más como ella pululando por mi pequeña casita. Al pensar esto me recorren escalofríos por todo el cuerpo y la mueca de asco se queda en mi cara durante unas horas.
b) Que no era de las pequeñas, sino que era una cría de cucaracha grande, lo que significaría el fin de mi vida tal y como la conozco. Aquí podría sonar aquella canción de R.E.M.… que tiene un título parecido (The end of the world as we know it, creo). Aunque no tenga nada que ver. Es mi historia y le pongo la música que quiero.
c) Que simplemente las casitas anti-cucarachas han caducado y necesito más para un exterminio completo y sobre todo para no verles el pelo (oh dios, si tuvieran pelo sería horrible) entre que entran, comen, salen y se van a morir plácidamente en sus escondrijos. Puaj.

Así que al llegar a casa, antes de subir a comer, fui a comprar más casitas trampa para mis queridas invitadas. Las coloqué por todos los rincones y ahora me siento un poco mejor. Pero no puedo evitar sentir esta maldita inquietud. Y el escalofrío repentino.

Vaya manera de empezar un jueves, coño.

La buena noticia es que a media mañana, estando ya en la ofi; mi padre me llamó y hoy le he visto un ratito, porque ha venido para la Feria del Turismo Rural, (mi padre trabaja en esto de los hoteles, por si no lo he dicho alguna vez). Y además de la alegría de verle aunque sea para unos minutos, ha venido cargado de buen rollo para mí. Un buen rollo dentro de un tupperware, cortesía de cierto croata artesano al que tengo el gusto de conocer. No creo que haga falta decir más.

Cuando vea una cucaracha la invitaré a una reunión de tupperware, qué le vamos a hacer.