Aquella camiseta roja vieja, a la que le cayeron del cielo cremalleras de diversos colores y se quedaron prendadas de su frontal, formando líneas casi paralelas.

Es decir, lo que hice un día que me aburría y tenía quince minutos libres, mientras oía al calvo de mierda (con cariño y respeto) decir burradas en un podcast.