Tengo todo apuntado en el cuadernito de marras. Lo he garabateado como buenamente he podido mientras volvía a casa. Pero es difícil. He tenido que mandar a callar a Beck (que se empeñaba en narrarme sus mutaciones) y a la negra de Skunk Anansie (con el grupo detrás, diciéndome a gritos que iba a volver corriendo conmigo, qué susto), para dejar a mi cabeza cantar lo suyo. Me gusta cuando ella sola se enreda, se pisa las frases, se roba protagonismo y se auto-vacila. Para que finalmente llegue a lo mismo, dios (quien quiera que sea que es) la bendiga.

Desnudarme otra vez, sin miedo. Saltar al vacío teniendo la extraña certeza de que no dolerá. Arriesgarme siempre, sin remedio; e ir cosechando victorias sorprendentes (dadas las circunstancias y este mundo en el que vivimos) que silencian el ruido molesto de los fracasos.

Quiero recolectar todos los puntos de vista imposibles (los de aquel espejo cuando nadie le presta atención). Quiero volver hacia dentro después de este viaje y comprobar que lo que se me cayó por el camino está mejor donde está. Así, sí. Así, siempre.

Recojo teorías y algunas parecen sacadas de mi propia cabeza, con mis propias palabras y mis propios ejemplos. Pero no me siento peor por no ser la única. Me siento mucho mejor, con lo ajeno, con todas las influencias, con todo lo demás. Porque en los demás reside, al fin y al cabo, el egoísmo más sano y reconfortante.

Percibo alto y claro las señales, o eso me parece. Casi me da la sensación de que las oigo desde muchos sitios distintos, como cuando vas al cine. Dolby Surround, en mi cabeza, en mis ojos, en mis oídos; por todas partes.

No dejar nunca que se escape la curiosidad, mantenerla siempre alerta. No dejar de indagar, de empaparme, de regalar.

Definitivamente funciona.

(Para más señas, el reloj marca algún número entre la 1 y las 2 de la mañana)

:)