Los ojos de la chica que tengo sentada enfrente persiguen a toda velocidad los pequeños matices del lado contrario. Sus ojos parecen algún mecanismo sencillo, que con eficacia recoge lo más importante. Lo registra absolutamente todo. Este mecanismo, presente en todo ser humano que se precie, lo guarda todo, y lo archiva cuidadosamente para se pierda por debajo del montón de estímulos de tu memoria a largo plazo. Y con suerte, algún día, en otro lugar, te llegará a ti. Y te resultará familiar.