Cuando voy por la calle intento andar despacio aunque tenga prisa. Intento caminar contemplando lo que me rodea, sin hacer cuentas, sin repasar mentalemente las horas o los días, sin mirar una y otra vez el calendario o la agenda mental. Esto no llego a conseguirlo apenas, pero merece la pena intentarlo. Llego a casa, entro en mi cuarto y apago la luz. Me tumbo en el suelo, con un libro bajo la cabeza y las rodillas flexionadas. Oigo a la islandesa cantando muy suave y angelical. Me dice que no está en mi mano. A ratos cierro los ojos y respiro hondo. A ratos miro como el reflejo de mi ventana recorre las paredes y el techo, con un cadencia constante. Tras quince minutos me levanto con un leve mareo (el mismo que lleva acompañándome unos días), pongo mis pies y mis hombros en paralelo y dejo caer mi cabeza lentamente, seguida por mis brazos, mi espalda entera, doblando todo mi cuerpo sin torcer las rodillas. Me dejo caer, me balanceo sin querer al son de la música. El mareo persiste, pero me siento mejor.

He estado más de una hora intentando postear. Se me ha caído la compañía de esta noche. Tengo platos que fregar acumulados desde ayer a mediodía.

Hoy no ha ido bien por aquí dentro.