Anoche vino Mario a casa. Vimos una peli de Zach Braff (cada día le quiero más, a Zach... y qué coño, también a Mario) y tres capítulos de la enésima temporada de My name is Earl (están poniendo la primera temporada en la Sexta, recomendable, aunque tenga que ser doblada).

Fuimos a dormir. Ya he hablado antes de mis vecinos peruanos, que no son peruanos sino bolivianos. No tengo absolutamente nada en contra de ningún país latinoamericano ni en contra de sus habitantes, vivan aquí o allá. Pero mis vecinos son porculeros, ésa es exactamente la palabra. Conclusión: tengo mucho en contra de los vecinos porculeros.

Normalmente ellos deciden cuando me levanto los domingos (curiosamente madrugan) y con qué música (al principio eran los Guns'n'Roses, que tenían un pase, pero más tarde han retomado su gusto por el reaggeton) o cuando puedo irme a dormir (curiosamente también muy de madrugada). Yo intento no cabrearme. Porque no me gusta. Intento respetar lo que cada uno haga en su casa. Los vecinos de abajo (unos ancianos muy cascarrabias) ya han llamado a la policía cientos de veces. Yo tengo una especie de pacto con ellos cuya cláusula principal se traduce en que doy golpes (normalmente con un objeto, para no dañarme la manita) en la pared que nos separa para informarles de que ya me toca irme a dormir. Hasta ahora había funcionado bien.

Además, soy extremadamente flexible (puntualización: con los bolivianos... oh, vaya... puntualización dentro de la primera puntualización: con el ruido que hacen y sus horarios, vamos). En fin de semana normalmente me las guardo, porque pienso que ellos también tienen derecho a reunirse con sus amigos en su casa (aunque éstos sean todo el colectivo boliviano del barrio) y beber como cosacos. Aunque eso influya enormemente en mi descanso. Por otro lado suelo disculparles, porque tampoco son responsables de que la pared sea tan fina como una loncha de jamón de york (cuando lo pides finito, finito y casi se transparenta). Eso me recuerda a que tengo que pasar mis 400 gramos de york a un tupperware.

Lo curioso es que anoche no era música ni gritos ni risas incontrolables de borrachera. Anoche, a las tres de la mañana, lo que se oía al otro lado eran niños jugando a darse de hostias. No puedo entender la educación que les están dando a esos niños, borrachos de infancia a las tantas de la madrugada. Me gustaría darles una charla al respecto, pero no soy quién para decirle a nadie cómo educar a su prole. Además, ni siquiera son niños que vivan ahí, son los hijos de sus amigos. Manda cojones.

Primer paso: cuatro golpes con lo primero que encuentro (un bote de crema hidratante tamaño familiar). Los niños se callan un segundo pero luego siguen... no les culpo, son niños, no entienden nada, o al menos pueden hacer como que no entienden. ¡Ay! la inocencia de los niños... quién la pillara. Segundo paso: de repente, ocurre. Me han tocado las narices. Me levanto de la cama y le digo a Mario "voy a ir, voy a ir". Mario se queda quieto, y me dice "¿en pijama?" y comprende que me importa una mierda cómo me vean, ya que me clavo la pata de la cama entre los dedos de los pies (dolor insoportable) y aún así salgo de la casa.

Tardan un ratito en abrirme. Les oigo apagar la música, mandar callar, moverse de un lado para otro, abrir y cerrar puertas. No entienden que a mí me da igual el trapicheo que tengan en casa. Me da exactamente igual a lo que se dediquen. No quiero llamar a la policía. Me abre la señora esposa. Siempre he sentido cierta empatía con ella. Tiene un rostro castigado, es delgada y claramente sufridora. Sé a ciencia cierta que su marido la maltrata. Le explico que quiero dormir, que son los niños que están armando mucho jaleo, que no son horas y todo eso. Dice muchas veces que sí y cierra la puerta. Me vuelvo a la cama.

Una vez en la cama el dolor de pie del golpe anterior hace estragos. Y de repente, me termino de indignar. Ahora no se oye tanto el alboroto de los niños. Ahora han puesto la puta música. Como si fueran colegiales en un internado, que al irse la directora y apagarse la luz del pasillo, vuelven a sacar a los animales. Como una pandilla de adolescentes gamberros. Ahora estoy MUY cabreada. Eso se traduce irremediablemente en llanto. Lloro de impotencia y ganas de matar a alguien, que son sentimientos muy feos. También lloro porque me duele mucho el dedo meñique.

Aguanto un poco más.

Aguanto, aguanto, aguanto...

"¡¡¡COJOOOONEEEEES!!!!" grito como una loca furiosa mientras doy golpes con todas mis fuerzas en la pared. Parece que lo entienden, por fin.

Ya tengo vía libre para dormir.

Pero la han cagado. Ya no me queda paciencia, ni flexibilidad, ni ganas de respetar lo ajeno.

Estoy harta. Punto.