A pesar de lo que pueda parecer, a mí los niños me caen bastante bien. Me suelen hacer gracia. Sobre todo cuando encuentro a niños que se salen de la norma.

Ayer por la tarde, en mi compra semanal en el Mercadona, me topé con un padre joven y su hijo de unos seis años o así. El padre iba a su bola añadiendo cosas a la cesta y el hijo le seguía a todas partes concentrado en los colores de la sección de lácteos. El niño estaba tarareando algo. En estos tiempos que corren las canciones que se saben los niños y que tararean (me gusta que los niños pequeños canturreen, me parece entrañable) son grandes éxitos de El Canto del Loco. Más de una vez he oído a micos que no levantan un palmo del suelo poner en pie toda la letra del último número uno de los cuarenta principales. Pero este niño era especial. Lo escuché al adelantarles en la sección de bollería.

Hey! Ho! Let's go!

Luego me los volví a cruzar y presté más atención. Efectivamente eran Los Ramones. El niño dejaba salir las notas de manera despreocupada, como si fuera lo más normal del mundo. Los Ramones brotaban de sus cuerdas vocales de forma natural. Ese niño guardaba en su ser a Los Ramones. Y no sólo el Hey! Ho! Let's go!, sino que también ponía en pie la letra (en modo nananá) y los acordes de guitarra.

Hey! Ho! Let's go! Na-na-na-na-naa-na, chán, chán...

Me pareció adrorable. Me entraron ganas de felicitar al padre. De darle un abrazo. De llevármelos a casa. A los dos.

Así, sí.