Se me ha perdido un guante. Fue durante la otra noche. Perdí el guante y algo más, seguramente. Una mano fría, otra caliente, así son las cosas. Me faltan calcetines largos, he perdido también mis medias grises (las que van con todo), me sobran mangas cortas. Voy a ponerle un localizador digital a las cosas que más necesito.

El invierno me sonroja por la calle, me piropea y se me saltan las lágrimas con el viento traicionero. Quiero escribir sobre mi madre, sobre mis perras, sobre cosas que pienso, sobre pijamas e incluso sobre bragas. Quiero contarlo todo, escucharlo todo, leerlo todo. Tengo todo el amor del mundo, para regalar. Y me importa una mierda lo cursi que pueda sonar, porque así es.

El sábado me voy a casa, por última vez. La próxima vez que baje a Sevilla iré a otra casa, la nueva casa de mis padres, a una habitación especializada en hijos pródigos. Es lo que hay, cada vez tengo más pistas para llegar a la misma conclusión. El hogar es estar cómodo en un sitio determinado con una compañía concreta. El hogar soy yo, que para eso soy la inquilina infinita de donde quiera que esté, en este momento.

Bienvenido a mi hogar.