Madre e hija, distraídas, de las clientas que entran en la tienda sin percibir que ando pululando a su alrededor. Y eso es extraño. Porque en esta tienda hay que pulular, que a los que vienen al centro comercial les gusta que les mimen. Algunos vienen a que decidas tú sus compras, sus gustos, sus prioridades vitales. Algunos simplemente necesitan que les comprendas, que les apoyes cuando se gastan trescientos euros en un reloj de Emporio Armani. Porque la mayoría de las veces ellos están más sorprendidos de lo que gastan que yo misma, que con 300 euros pago el alquiler.

Pero a lo que iba, madre e hija, frente al expositor de Victorio & Lucchino:

- Uy, este es monísimo. Mira.
- 180 euros
- ¿No te parece monísimo?
- Sí, es ideal.
- Lo malo es que yo aquí no veo bien la hora.
- No, en esos relojes tienes que verla a ojo.

Y se van, sin más. Después de semejante perogrullada. Tan contentas.

Hoy hemos hecho 3600 euros redondeando por lo bajo. Me mareo cuando hago caja. Cojo el autobús y hace un frío de pelotas. Me vuelvo a preguntar dónde perdí mi guante. Porque tengo el otro, pero no me lo pongo porque no me gustan los favoritismos entre mis manos. Las dos son igual de feas, así que las dos a pasar frío, castigadas.

Ea.