Anoche me crecieron ocho brazos con sus ocho nuevas manos correspondientes. Tras llorar en silencio el estropicio, me dispuse a distribuirles tareas.

Un brazo para escribir, siempre, como principal herramienta portavoz del resto de mi cuerpo. Ese mismo brazo se encarga de borrar, pero sólo en contadas ocasiones. Creo que usaré ese brazo también para apretar el botón de play.

Un brazo para mecer el viento a mi paso, mientras revoloteo. Para hacer piruetas y girar hacia un lado u otro, cuando sea nacesario. Volar el línea recta cansa más, hay que dar vueltas.

Los dos brazos más largos (tengo que medirlos) son para abrazar con ganas, con una furia dulce y pegajosa que evita que nada se me escape. Para retener todo lo posible lo que quiero, para fundir como funde el chocolate en el fuego. Suave, como una madre. Dulce, como un besito en la mejilla.

Un brazo para beber de la fuente ajena, ésa de agua fresca, la que renueva e inventa, la fuente que ilumina. La fuente por la que pasas a diario y no puedes evitar pararte. La fuente de apoyo, la de sorpresas, la de la risa.

Dos brazos de nuevo, para regalar a manos llenas, incluso cuando nadie lo pida. Y aunque pocos lo agradezcan. Regalarlo todo, siempre. Con dos manos, intentando que todo quepa, dosificando lo posible, entregándome entera.

El último brazo me lo reservo para emergencias. Para que se pose en mi frente y me calme los ruidos, parar estrechar una mano cualquiera, para acariciarte, para señalar hacia otro lado y esconderme, para abrirte la puerta.

(*) Y esto, es lo primero que ha emborronado mi cuaderno nuevo, a lápiz, justo antes de dormir.