Por fin consigo vestirme y salir. En realidad me ha obligado la señora que vive abajo, llamando dulcemente a mi telefonillo y pidiéndome, toda cortesía ella, que meta el cubo de la basura dentro, por favor, que ya es hora. Luego me la encuentro en las escaleras; le digo que lo siento, que cuando no tengo que madrugar para trabajar me pongo muy perra. Ella me contesta lastimera que nos lo van a quitar, nos lo van a quitar. Como si se tratara de un hijo que se lo lleva el ejército o algo así. Comparto su pena, pero ella no comparte nada conmigo.

Cruzo al Mercadona ya que estoy abajo. Arrastro los pies por los pasillos cogiendo básicamente lo mismo de siempre. Añado una lasaña que me voy a merendar ahora mismo (porque a estas horas no se come, se merienda). Las de la charcutería tienen un tonteo asombroso con el chico de la sección de vete tú a saber qué. Están pelando y troceando una piña, y van a compartirla. Vuelven mis deseos de comprarme una yo también y comérmela poco a poco. Pero también regresa la pereza de llevarla a casa y de que ocupe media nevera.

En el ascensor del mercado (¿he dicho antes que estoy perra?), al llegar abajo pone calle, calle, calle. Y yo, que hoy estoy más callada que una muerta, lo miro con desprecio.

Quiero ser como el que va vestido de rey mago en el centro comercial. Su disfraz va con zapatillas de estar por casa. Más que perra, estoy perrísima. Me pregunto que estará haciendo Uma ahora.

Dormir, seguro.

Hecha una rosquita.