Anoche compartí un ritual lapón, sin planearlo. Ahora me toca escribir una historia. Tengo el personaje principal y tengo que buscarle un nombre. Creo que se llama Victoria. No es un nombre muy esquimal, pero buscaré la forma de llamarla así y que suene creíble; lo traduciré al lapón más antiguo. Se llama Victoria porque vence, incluso cuando lo está perdiendo todo. Aunque igual se llama Antonia y me tengo que dejar las explicaciones en los bolsillos.

Tengo que desmenuzarla, a esa ancianita esquimal, redonda toda ella, metida dentro de una gran rebeca de lana marrón, despertándose antes que el sol y peinando sus cabellos que, del frío, se han convertido en ramas grises que trepan por sus sienes. Lo hace con las manos desnudas, sin peines ni cepillos. No sé nada de los esquimales, ni de Islandia, ni del frío (por mucho que llame al pasillo de mi casa Groenlandia). Pero sé que una mujer, arrugadita de casi haberse ahogado bajo el hielo y de vieja, se levanta cada mañana y va despacio, con cuidado, sin querer despertar a los monstruos. Los monstruos de su conciencia. Sé que esta anciana hizo un sacrificio enorme por aquellos a los que amaba. Hizo algo increíblemente duro. No sé qué fue, ni por qué lo hizo. Sólo sé que no tenía elección y que los beneficiarios de sus acciones ni siquiera supieron la verdad.

Esta canción habla del amor más puro, del que se entrega sin condiciones, del que no se alardea, del que se regala en silencio y cierra la puerta a su paso. Y habla, después, de la libertad. De la liberación. De gritar en mitad del océano "¡por fin!" y bucear hasta dejar de sentir los huesos.

Esta canción va dedicada a todos los que empuñan su arpón incluso cuando saben que están vencidos. Pero todavía no está escrita. Recomiendo doble calcetín para la espera.