Dejo la ventana abierta, entra un frío helador, violento. Lo quiero así. Como una explicación necesaria. Un frío que no te hace tiritar por fuera. Al que le dan igual los abrigos. Un frío que se aloja justo en ese rincón. De repente. Como si el viento, que antes te mecía, lo hubiera congelado de un suspiro. Tarde o temprano entrarás en calor. Tu edredón nunca falla. Y si falla, mantita encima. Abro la ventana y me quedo sentada junto a ella. Dejando que mi cara se enfríe, dejando que mis gestos se vuelvan lentos y cuarteados, dejando que mis palabras locas se petrifiquen.

Hasta nuevo aviso.

Es de vital importancia que me lime las uñas.

Mejor que deje de arañarlo todo.