Me ducho. Me quedo debajo del agua mucho rato. Le cojo prestado un poco de gel a Paula, porque no he podido ir a hacer la compra. Tantos factores en mi contra que me hago pequeña. La ducha sienta bien. Hasta que se me acaba el agua caliente.

Renovarme. Empezar de cero. Yo no tenía ganas de cambios, ni de parrillas de salida, ni de estar toda la mañana levantándome a coger el teléfono de casa. Ni de seguir oliendo a tabacos y cervezas y robos, después de la ducha. Me quedo con la ropa no rebajada que compré en las rebajas, de puto coraje. Me rasco la cabeza hasta que me hago sangre, sin demasiado conocimiento de lo que hago. No es tan grave como suena. Me pasa a menudo. Cuando me entran malos rollos mudo la piel. Estoy guapa con la nueva ropa aunque mi cara está hinchada como una pelota. De la llantina y del insomnio. A ver si consigo hacer hueco para una visita a la comisaría. Habrá que informar, ¿no? Ahora, a ver qué cojones hago yo para comer. Coño.

Pero vale. Está bien. Renovarme. Empezar. Llenar nuevos cuadernos. Hacer nuevas fotos, con la cámara que tenga a mano. O quizás descansar la vista. Agudizar el oído sin música. Ya volverán los recipientes de emociones. Ya volverán las decisiones aleatorias y la compenetración. Llenaré cuadernos. Lo que estaba escrito, se perdió. No todo, pero parte importante. Quizás mejor así. Podré repetir lo que merezca la pena. O no. Hablar sobre el pecado original y sobre el sacrificio humano. Nombrar baterías que fueron cantantes y baterías que mudaron de grupo. Emocionarme. Disfrutar. Y escribirlo, aunque sea en una servilleta de papel. Y seguir apasionándome y excitándome. Y liberar mi antiguo móvil.

Hoy.