Recuperar bolso: hecho. En la carnicería me reciben con aplausos y vítores. Todas las señoras se interesan por mi estado de ánimo y los carniceros me regalan miradas tiernas y solidarias. No me dan el premio de consolación compuesto por hermosos chuletones como me había dado por fantasear minutos antes. Pero tengo mi bolso, y mi cuaderno.

Bajo recorriendo el barrio de Lavapiés buscando lugares donde liberar mi móvil antiguo. En tres tiendas me indican "más abajo". Más abajo suena alentador, siempre. Ejem. Lo consigo hacer en la tienda de un hindú muy silencioso que teclea cuatro cosas y me lo devuelve. Tengo la extraña sensación de que podría haberlo hecho yo misma.

Por la calle me acuerdo de la historia que me contó un amigo, sobre un fotógrafo cuyo nombre no recuerdo, al que le robaron la Leica en el Retiro y cuando volvía en un taxi pestañeaba despacio, encuadrando todavía. Hago lo propio y pestañeo lentamente, encuadrando yo también, abriendo y cerrando mi obturador ocular. Hago fotos de luces renovadoras. Hace un día estupendo.

Intento reproducir mentalmente canciones aleatorias como haría mi ipod. El resultado es irregular. Tengo buena memoria acústica pero las notas se confunden con las ideas exploradoras que me hacen switch y pulsan pause sin mi permiso.

En la tienda de Movistar necesitan una fotocopia de mi DNI y el CIF de mi padre para darme un duplicado de mi tarjeta. Oh, vaya, se han quedado con mi carnet de identidad, con lo fea que salía en la foto. Subo a casa, mi padre intenta regatear las condiciones sin éxito. Me voy a paso ligero a la comisaría de Embajadores y cojo turno. Me armo de paciencia. Con suerte llego a la tienda de nuevo antes de que cierre.

En un cartel de la comisaría leo que en la tercera, quinta y sexta planta se encuentran las zetas. Supongo que estarán llenas de zoquetes, zapatos y zarandajas. En el papel que me han dado para esperar mi turno pone la hora en la que entré. Puedes dedicarte a hacer cálculos a medida que pierdes el tiempo, de los minutos que corren en tu contra. No es divertido. Lo dejo. La espera (infinita) me la ameniza una niña que habla en inglés con su madre. Practico el idioma oyendo cómo lleva a hacer wee wee y poo poo a su teddy bear sobre una blue blanket. Es una niña de lo más elocuente. Limpia el bottom de su teddy bear, que se llama Peter, con unas tissues imaginarias. Leo en un papel que hay pegado en la puerta que las denuncias hechas a través de internet tienen preferencia, me cago en mi sombra.

Finalmente llego a tiempo a la tienda, a costa de un dolor de pies bastante importante, después de estar desde las 10 recorriendo calles. Ya tengo móvil, que me saluda con un mensaje de bienvenida familiar: La Botica de Vejer, buenos días!

La Botica de Vejer. Allá que voy, a finales de febrero, si todo sale bien. y eso me impulsa a dar saltos de alegría, de los que se dan por dentro.

Ahora el tiempo justo para ir a la compra, colocarla, comer algo y coger el autobús para ir a la tienda. Esta noche tengo cumpleaños y no sé qué ponerme.

I am she.

:)