Siento que Lucía, mi compañera de la tienda, me entiende y me conoce como si me hubiera parido. Vamos juntas parte del trayecto en metro al salir de currar. Me planto en casa de Pablo, para su cumpleaños. Conozco a muchos amigos suyos, todos me caen bien, acaricio a su gata que se llama Nera y que es muy negra y pone orejas de batman. No me dejan mucho de cenar pero Pablo recalienta un cous cous magistralmente preparado por su compañera de piso. Se llama Cristina y parece una muñeca de porcelana. Bebo vino.

Salimos para coger el último metro de milagro. Nos plantamos en Tribunal y vamos a un bar muy mono que está lleno de carteles de películas de negros. Se llama algo así como Mother Fucker, pero escrito de otra forma. Mucho funk. Me mola. Conozco a más gente y lo paso bien. Vigilo de cerca mi bolso, mi abrigo, mis cosas. Noto que me nace cierta psicosis.

Luego vamos deambulando (siempre pasa eso a cierta hora de la noche, cuando los sitios cierran y hay que ir buscando los ilegales) sin rumbo fijo. Miles de chinos (o el mismo que da vueltas una y otra vez) nos ofrecen celveza y tallalines. No entiendo como tienen siempre la cerveza fría y los tallarines calientes. Uno de los amigos de Pablo conoce un lugar un poco clandestino. Hay que llamar a una puerta de madera roída con mucho misterio. Te abren. Bienvenido. Es un sitio con una luz muy agradable, con poca música y con gente variopinta. Ha un arbolito pelado con bombillitas. Me dicen que estoy guapa bajo su influencia. Me sienta de puta madre. El baño tiene las paredes de gotelé morado, con unos desconchones enormes. Me miro al espejo. Qué bien queda mi camiseta con la pared, coño. Quiero hacerme una foto, pero no hay con qué. Pestañeo fuerte. Llevo haciéndolo todo el día. A las tantísimas salimos y nos vamos, tardamos mucho en separarnos unos de los otros. En la puerta del bar clandestino uno de los encargados/dueños/camareros/coleguitas nos dice que no nos quedemos en la puerta que no puede parecer un bar. Nos llama alternativos canturreando y grita "¡Esto no es un bar, es una puerta!".

Tardo mucho en coger un taxi. Llego extremadamente tarde (o temprano, según se mire, los puestos de prensa ya están abiertos) a casa. La casa está un poco guarrilla. Paula se disculpa con un mensaje esta mañana (tarde), que ha dormido fuera. Cabreo un poco a Mario porque me levanto a deshora y no le doy opción a ir al cine a ver Rocky Balboa. Creo que me perdona. Yo me siento mal. Viene la policía al piso de al lado, para entregar una citación para el señor de la casa. La mujer no sabe no contesta y yo no me entero de nada porque apenas puedo oír lo que estoy pensando.

Un café caliente, otro frío. Un sandwich tardío de york y queso. Un querer y no poder. Siempre me pasa lo mismo los domingos.

Lavadoras, ducha intensa, organización de cuerpo y mente.

Mañana madrugo más que nunca.

Me espera una larga semana.

Y más.