Después del caos que reinaba en la tienda desde noviembre hasta primeros de enero, con las ansias consumidoras y las ganas (y obligación) de regalar sin ningún tipo de control; se acabaron por fin los jaleos y los clientes que entraban como si esto fuera un supermercado, pidiendo uno de éste y tres de aquel. Y escribo desde la tienda, no sé si por primera vez pero seguro que no será la última. Las tardes se hacen largas, hay poca gente y Lucía está de vacaciones. Hay que matar el tiempo. Y qué mejor que una tienda de relojes para eso.

Hoy mi cuerpo está dormido, le he castigado sin sueño, de nuevo, y me mira celoso. Siente celos de mi espíritu, que rebosa fuerzas y salta en lugar de caminar pausadamente como en otras ocasiones. Mi cuerpo se mira al espejo y se rechaza. Se mira en otros y se enamora. Me compro una coca cola, para intentar despertarlo, y una bolsa de conguitos, que dicen que los frutos secos dan energía a raudales. Y aunque yo esté despierta por dentro, hambrienta de planes, de amigos y de música... mi pobre espalda se resiente, mis brazos cuelgan desanimados y mis piernas arrastran los pies casi con recochineo. Conguitos, pues, a ver si funciona. Y si no funciona, al menos me gusta cómo saben.

En el autobús (¡ay! el transporte público, fuente de toda inspiración...) un croata hablaba sin parar por teléfono y por un momento he entendido todo lo que decía. El idioma croata suena a muchas consonantes y a poca entonación. Me acuerdo de mi croata, el genuino. De cuando cambia de un idioma a otro sin problemas o cuando por el contrario, no sabe si habla inglés de cortesía, croata profundo o el andaluz procedente de Mojácar. Quiero yo mucho a mi croata. Espero poder ir a verle a final de febrero. A que me diga burradas en todos los idiomas que sabe. Y los que se inventa, claro.

Ayer, dos manojos de nervios, comida algo pretenciosa, profiteroles pedorros, cerveza castiza, aceitunas re-verdes y buen rollito.

Hoy, más y mejor. Seguro. Aunque haya dormido poco.

Yo a mi cuerpo lo levanto como sea.

:)