Anoche sucedió. Tuvo lugar. Un encuentro cargado de surrealismos.

Primera parada ¿Os gustan las setas?, pregunta la guapísima Honey, altísima toda ella, con su sonrisa radiante y fresca. Tres cervezas, tapita de algo parecido remotamente al jamón, ración de setas con huevo cuajado. Delicatessen. En la carta, palabras curiosas y fotos del hogar de los gnomos. Y yo sin cámara. Laluz hace los honores e inmortaliza el documento. Hay pamplinas entre la rúcula y los espárragos. De pamplinas vamos servidos, gracias.

Honey se ríe mucho y lo hace con glamour, como ella sabe, con una de esas carcajadas que se oyen desde los ojos. Es espontánea, divertida, inteligente y emite ondas buenrollistas por los cuatro costados. Me gusta su camiseta, me gusta cómo habla, me gusta conocerla en el espacio físico y tangible. Le sienta muy bien.

Laluz es callado y serio, aparentemente. Me inspira una sensación cercana, de amigo de toda la vida, de apoyo incondicional. Le gusta observar y escuchar, hablando casi lo justo. Tiene una pose tranquila y sus ojos son aguas tibias, calmadas. La transparencia le ha sentado bien. Tiene mirada de consomé reconfortante. Del que se agradece cuando hace frío. Laluz tiene las manos pequeñas y ni un pelo en las orejas.

Llega el señor Furia. Es exactamente como se desprende de sus golpes de teclado. Ataviado con camiseta mítica del Capitán América y bufanda de Gryffindor, entra saludando solemne y dicharachero al mismo tiempo. Una mezcla entre Iñigo de Montoya (tú mataste a mi padre, prepárate a morir) y la rana Gustavo. Nick siembra los silencios de sentencias épicas y chistes malos. Se peina elegantemente el bigote y se coge dos coletas, pidiéndonos previamente permiso. Strenght and honor. Point of extraction. Whatever.

Nos ofrecen hormigas y sólo Laluz demuestra su valentía. Lo hace con humildad, casi automáticamente, como quien come una pipa de calabaza. No es gran cosa, dice. En mi cabeza retumba un gran puaj. Vamos a comer algo más a un bar medio-cool con música de verano en Chipiona. Buen vino, sublimes tostas, inmejorables vistas. Un tipo le guiña el ojo a Honey desde la calle y no le culpo. Repasamos vida, obra y milagros de todo el universo coctelero.

Última parada: El Junco, un local de Jazz en el que ya había estado antes. La música en directo hace que me mueva levemente. No bailo, con el jazz sólo da para mover la cabeza asintiendo y tamborilear con los dedos en la barra. Me bebo un gin tonic y me lío a hacer cuentas para ver cuántas horas me quedan por dormir. Un fastidio. Honey me habla de sus días en Vejer, en Zahora. Yo me empalmo, como es de esperar, con ese tema y coincidimos en el rollo de armonía espiritual y de no necesitar nada más que estar allí.

Toca retirada, me quedo sin ver al doble de Jean Reno pero me voy contenta.

Pero que muy contenta, oiga.

Fuerza y hormigas.