Una señora pequeña y bastante arrugada, arropada por una chaqueta de corte y botones militares, y por unos zorros en cuello y muñecas; se acerca a mí con aires de misterio rusos. Tiene los labios pintados de ese tono coral tan típico en ciertas señoras, con esa textura reseca y agrietada, quizás de tanto gruñir y reñir a los nietos. Pero descubro que no es una cascarrabias exactamente.

Tiene los ojos llorosos, de un verde muy oscuro. No. No son llorosos, están inyectados en champagne. Lo blanco es amarillento y el iris brilla efervescente. Huele a perfume elegante y quizás a gin tonic. Habla muy cerca, susurrando, como si cada cosa que dijera fuera un enorme secreto. Tiene ganas de hablar y yo le sigo la corriente. Se ríe constantemente. Me provoca cierta curiosidad.

Que si ella siempre ha sabido andar con catorce centímetros de tacón. Que si a ella le gustan las cosas sencillas. Que si tiene que regalarle cosas a la gente que la ha tratado bien. Siempre según mi criterio, apostilla. Que si cuando se compra algo de vestir tiene que resultar ella la vencedora frente a la prenda y nunca al revés. Que si se siente estupenda y sus hijas se burlan de su forma de vestir. Que si parece una modelo de Miguel el Peletero.

Cuando por fin se cansa de hablar, se despide afectuosa, me sonríe, me toca el brazo con su finísima y huesuda mano llena de pecas y me desea suerte. Se va, no sin antes demostrarme cómo se debe andar en línea recta, sin que yo le insinúe nada sobre su posible embriaguez, sino más bien para demostrarse a sí misma que sigue siendo atractiva y grácil.

Me desea suerte como alguien que se despide, por mucho tiempo, casi con la certeza de que no va a volver a verme. Se despide con una sonrisa loca en los ojos y con las manos vacías.