Tengo codificada la tripa. Todo es culpa de haber conseguido dejar de morderme las uñas. Yo, que estaba acostumbrada a rascarme con las yemas de los dedos, ahora hago rayas por donde quiera que toco. Porque yo me rasco mucho. Y parece que tengo un gato furioso en casa. Pero soy yo, gatuna a veces, furiosa, haciéndome marcas por el cuerpo. Marcas que pican más, que duelen a veces, que sangran cuando la furia se transforma en ansiedades. Debo tener la piel sensible, que todo lo registra, como si fuera una pizarra vileda y mis manos fueran rotuladores de tinta indeleble.

Indelebles algunas palabras en mi cabeza. Indeleble yo, de mí misma, obligada a leerme del derecho y del revés. A veces con gusto, a veces con sarna. Pero siempre me tengo en la mesilla; para leerme antes de dormirme. Aunque algunas noches sólo consiga desvelarme o tener pesadillas. Aunque a veces me salte capítulos, o vuelva a releer los mismos una y otra vez. Aunque a veces me aburra soberanamente. O me subraye. O doble las esquinitas de mis páginas.

Indeleble, aquí, con la tripa como una cebra.

Con interferencias bajo el ombligo.