Me he terminado el libro de Auster. Me ha encantado. Tengo algunas esquinas dobladas. Del libro, digo. Aunque de las mías también. No tengo sensibilidad en la lengua porque anoche me bebí la sopa antes de tiempo, como siempre, y me quemé. Y de cena, una ensalada de canónigos ha terminado de joderme. Todo me pica hoy. Mejor no me rasco. Pero es que no lo puedo evitar. Y me rasco en plan loco. Cada vez más fuerte. Y la piel se enrojece y palpita por debajo. Es difícil rascarse la lengua cuando está llena de cosas por decir. Ahora seguramente lea un libro de un japonés, a ver qué cuenta. Es un libro que me han regalado. Qué bonito es cuando te regalan libros. Y se acumulan. Y sabes que cuando acabes uno, tendrás otro. Y yo tengo cinco o seis esperando. Se me agolpan en la estantrería, y sobre la cómoda, y en la mesa, y en el bolso. No es lo único que se me agolpa hoy. Tengo los pies fríos. Estos leotardos son una mierda. El lector de dvd de mi ordenador no funciona. Me cago en su sombra. Necesito a formateoman. Él sabe a quién me refiero. Tengo que comprarme un disco duro externo. Sería perfecto si hubiera discos duros externos para personas. Separar las cosas que molestan, y dejar dentro lo imprescindible para funcionar correctamente. Los programas y lo que me van enviando los demás. Y todo lo que sobra, al disco duro externo. Y rescatarlo sólo si tú quieres. Así da gusto. Qué despreocupación. Qué tranquilidad. Un amigo mío me cuenta que le han leído las cartas del tarot. Dice que es bonito. Siempre he tenido curiosidad por esas cosas. Pero al final paso de ellas. He doblado todos mis calcetines y bragas. Y mis pantalones de pijama. Es clásico de los domingos, lo de las lavadoras. Creo que no tardaré mucho en irme a la cama. A no ser que…