Acabo de ver a Adolf Hitler en el centro comercial. Se había disfrazado, para evitar linchamientos, supongo. Pero yo le he visto. Lo que pasa es que no puedo dejar la tienda sola y tampoco es que sea yo de montar escándalos.

Llevaba una gorra azul muy mal puesta y una cazadora negra de cuero del malo, de esas abombadas que llevan algunos viejos en los bares. De esos viejos que mastican palillos de dientes como si fueran vacas rumiando hierba. Ambas prendas estaban llenas de parches de tela y chapas enormes con la bandera estadounidense. Quizás me ha hecho dudar un segundo, pero desde luego no pasa desapercibido, si es lo que pretendía. Además, Adolf, querido, si no te afeitas el bigotito, difícil lo veo.

Iba con su mujer que, por lo que he visto, ha puesto unos kilos y está bastante estropeada. Ella iba siempre por delante, porque Hitler se ha ido entreteniendo con todos los escaparates. Luego han estado discutiendo si bajar por las escaleras mecánicas o en ascensor.

Se ha vuelto indeciso el señor Hitler, a la vejez.