Pondré mi cabeza en remojo. Lamentaré mi exhibicionismo exacerbado, de una vez. Cubriré mis formas con mantas de las que pesan. Odiaré un rato más cada centímetro de mi cuerpo. Sin dejarme ninguno.

Me repartiré en una bicicleta con cesta y lazos. Como quien lanza periódicos. Entonces tocaré el timbre. Llamaré mi atención. Mutaré para contestarme. Pero no entenderé una palabra de lo que digo.

Tenderé las ideas en el tendedero, aunque esté roto y repleto de colores mojados. Dejaré unos minutos de pensar, de escribir mentalmente todo lo que tengo, de respirar, de echar humo sobre mis ojos, de sentir, de abrazar las tonterías.

Me entregaré a manos curanderas. Me sentiré especial. Me sentiré salvaje y libre. Sentiré que pertenezco. Me sentiré amada con pasión, amada de siempre, amada por primera vez.

Lo publicaré tal cual y al leerlo sentiré vergüenza. Tendré ganas de advertir que no es para tanto. Porque no lo es. Aunque pueda parecer intenso, grave, profundo y trascendente. Son sólo paparruchas.

Daré las gracias, pediré perdón, e intentaré hacerlo mejor la próxima vez.