Lucía me recibió ayer en la tienda con una falda brillante, de fiesta. Le pregunté que a qué venía estar tan arreglada. Me dijo que celebraba que volvía a trabajar, irónica. Más tarde volví a preguntar. Me dijo que a ella no le gusta ponerse esa falda para ocasiones especiales, que además no suele tener muchas ocasiones de ese estilo, de las de emperifollarse, así que prefiere ponérsela cuando le viene en gana. Que le da vidilla. Que le divierte mogollón. Dice que una vez compró un vestido de noche por un capricho y que, como no tiene cuándo ponérselo, se lo pone para estar en casa. Le gusta llevar esas faldas largas, esas telas suaves y vaporosas, esos colores elegantes. Prepararse un sandwich y ver la tele con su novio, por ejemplo. Hablamos de cosas importantes. Cada uno se pone lo que quiere cuando le pita.

Merendamos, nos tomamos unos zumos de esos revitalizantes de la muerte y me cuenta que ella se enganchó a esos líquidos una vez, que les echan algo chungo, me dice. Yo empiezo a pensarlo y me acuerdo de cuando me tomaba un par de ellos diarios en la facultad. Empiezan a cuadrar los hechos. Empezamos a hacernos las drogadísimas. Nos partimos de risa. Me pongo a acariciar el mostrador diciendo "qué suaaaave" y ella se ríe a carcajadas. Cuando estoy con Lucía me vuelve el pavo de cuando estaba estudiando. Nos entran taquicardias sugestionadas con los zumos. No los volveremos a tomar, nosotras controlamos. Podemos dejarlo cuando queramos.

Lucía, que siempre que me ve y le cuento cosas; me percibe cómo soy, cómo respiro, cómo siento; y luego le da por temer por mi libertad. Me dice que igual me estoy conteniendo y que la vida que yo quiero es más salvaje, más libre, más loca. Me dice todo esto y luego me pregunta si tiene razón. Yo le expongo, le explico, que creo que sí pero que a la vez no. Que no siento yo ahora la necesidad de cambiar de vida. Ella asiente, y me dice que en ese caso, estupendo de la muerte.

Ella sí que es estupenda.