Me llama mi madre. 40 minutos hablando. Está harta de la mudanza. Está sola en casa, tirada en el sofá y con ganas de charla. Saltamos de un tema a otro con una facilidad pasmosa.

- He regalado todos los trajes de gitana.
- Haces bien.
- Si ahora quieres vestirte algún año, te haces otro.
- Claro.
- ¿Cómo estás ahora gorda o delgada?
- Estoy buenísima mamá.

Risas

- ¿No estás retotollúa? (igual esta palabra es invención de mi madre, no sé)
- Que no mamá, que estoy buenorra. Que me dicen cosas por la calle.
- Mira tengo aquí la revista de Ana Rosa Quintana, que viene con unas cuantas dietas.
- Pero ¿tú le has visto el culo a Ana Rosa Quintana?
- Pues también es verdad.

Mi madre, siempre preocupada por mi aspecto. A veces demasiado. Pero nada que me agobie, realmente. Cuando voy a repetir un plato me suelta su clásico María, déjate ir y yo me río. Dice que tiene muchas ganas de verme. Que tengo una caja enorme con todas mis cosas del cuarto de estudios (anteriormente conocido como cuarto de juegos). Que cuando llegue tendré la habitación nueva llena de cajas. Le digo que no se preocupe, que sé lo que me voy a encontrar. Vuelve a ofrecerme una aspiradora, esta vez la suya. Le preocupan mis pelusas. Acaba decidiendo que igual lo mejor es que se vengan conmigo a Madrid en coche, a la vuelta de mis vacaciones, para traerme cosas. Hablamos de los nudos de mi espalda, de que nos iremos a Vejer, de que ella lleva dos años y medio sin DNI, del camoplón (ese término sí que es suyo) y la cama-nido y de que espera acabar con el jaleo de obras y mudanzas antes de que yo llegue.

Lo que ella no sabe es que si el gofre hacía amagos de arreglarme el domingo, su llamada definitivamente lo ha convertido en un gran día, después de todo.