Anoche, el taxista tarda un rato en arrancar porque está comunicándose con su bonito GPS. Le da las coordenadas. Me dice "aquí pone que esas dos calles no se cruzan", con el pánico brillando en sus ojos y una sonrisa nerviosa. Le digo que vivo en el cruce y le miro con impaciencia. Mis ovarios quieren irse a dormir, buen señor. Casi me parece que está eligiendo luchador, puntos de fuerza y armas para el combate. El puto GPS. No me gustan esos cacharros, te idiotizan, y empiezas a creer en ellos como si fueran profetas de la carretera. Y cuando no encuentras algo comprendes que estás perdido. Los móviles no servían anoche ni para encontrar a la gente que te seguía dos pasos atrás.

Salí porque era el cumpleaños de León. Como quiero a ese niño, madre. Aunque me costó salir, porque no andaba fina (ni segura), luego me alegré porque me di cuenta de que los dos teníamos muchas ganas de vernos. Hablamos de lo mucho que nos queríamos y de cuántos años hacía que nos conocíamos. Sin estar borrachos ni hostias, a nosotros la exaltación de la amistad nos sale sin ayuda. Estuve con gente que no conozco y con gente que conozco de poco. Los amigos de Almudena hablan sin parar, cuentan cien historias por minuto. Yo pensaba que yo era la que siempre agotaba los silencios. Pero igual también influye que ayer estaba yo callada, por una vez. Sufriendo en calma, observando y juzgando un poco, pero sin que se note. Nada dañino.

Estuvimos en la Vía Láctea. Había oído hablar de ese bar pero nunca había estado. No me pareció para tanto. Mucho alternativillo. Muchas gafas de pasta, rayas horizontales y corbatas. Muchos tipos que te miran a los ojos cuando pasas, para verte reaccionar. La gente que veo me cae mal, no sé por qué. Las tías son todas unas modernillas pretenciosas que dicen cosas como fenomenal y espectacular, para describirlo todo. Pero igual es que estaba muy crítica yo anoche. Seguro que eran buenas personas. La camarera me cae bien aunque no cruce palabra con ella. Es blanca de piel, tiene los labios pintados del rojo más rojo que existe y no es un esqueleto con tetas como muchas camareras. Se ríe con sus compañeros de curro. Parece que se llevan bien.

Y hoy a currar. He dicho que currar los sábados apesta, lo he dicho mil veces, pero... lo de los comingos, tiene delito. Los peruanos (que no son peruanos sino bolivianos) discutían anoche al otro lado de la pared. Pero yo tenía tanto sueño que no pude ni cabrearme. Hablaban de Bolivia. Parecía una conversación seria. Muy profunda. Pero estaban tan borrachos como siempre. Y mis vecinos no son de los de tener momentos de lucidez con el alcohol. Son más de los de "gana el que más grite". Estoy harta de mis vecinos.

Me meto en la cama con el libro de Murakami y disfruto un rato leyendo antes de dormir. Qué bien sienta empezar un libro y comprobar que te gusta. Me gusta como suena todo lo que leo. Retumba en mi cabeza y me hace sonreír. Vuelvo a doblar esquinas.

De regalo, un recorrido fotográfico por la vida de León. Felicidades, guapo. Re-guapo. Ya tienes 25 años, hala.

A este chico se le hace feliz con poco.

Una pose casual y natural. Atención a su cara de malo, malísimo.

Y se hizo la luz en el Elephunk, aquella noche.

Otra pose nada forzada. Y el León en mitad de la naturaleza, como debe ser.

pd: Me ha picado algún bicho extraño en un lado de la cara. Cerca del cuello. Tiene mala pinta. Y pica.