Metroflashes en busca de mi identidad. En el andén y luego apoyado en el vagón delante de mí, un chico que tiene un chipirón musical y pinta de guitarrista escocés. Me resulta interesante. En Chueca, un hombre dormita en el andén. Justo antes de zarpar abre los ojos y se cuela en el metro. Se agarra con dos manos a la barra superior y sigue durmiendo, interponiéndose entre el escocés y yo. La burbuja proxémica del guitarrista se ve amenazada por el contoneo violento del narcolépsico, que se mece dormido como si no existiera nadie más en el mundo.

En la cola de la comisaría voy delante de una pareja de japoneses que hablan en español. Él le indica a ella que cerca hay una tiendecita para hacerse fotos. Le advierte que son automáticas y que seguro que sale fea. Yo me río del chiste y la japonesa no le encuentra la gracia. Me imagino cómo sería si las fotos de carnet no fueran automáticas. Si fueran artísticas, meditadas, quizás en blanco y negro, con los niveles de luz muy marcados. Leo a Murakami con hambre, lo devoro, me río, me conmuevo y empiezo a marcar casi todas las páginas. El libro no tiene desperdicio. Qué alegría.

Me toca sentarme en una de las mesas. Le digo a la chica que me robaron. ¿El dni? No, en realidad me robaron todo el bolso. Sonríe cómplice. Le doy tres fotos de carnet y las mete en un aparato con cizalla que hace saltar mis cabezas por el aire. Me quedo con el concepto y lo evoco en un videoclip mental. De mayor quiero ser Michel Gondry. Toca la parte de las huellas. Me dice: el dedo índice para las huellas. Dudo un poco antes de hacerlo y ella me susurra: yo te llevo. Es dulce esta administrativa. Hace los carnets con amor. En 30 días puedo recoger mi identidad. Mira tú qué bien.

En el pasillo subterráneo una pareja de guiris montan un pequeño show. Uno de ellos lleva un abrigo de cuadros amarillos y negros que me encanta, la cara pintada y hace malabares con tres pelotas. El otro está medio agachado y tiene un instrumento de esos largos de madera, que hace ruidos extraños como de muelles y cuevas. Bajando las escaleras mecánicas una chica de belleza extraña canta en francés algo que no reconozco, con una música espantosa. Siento pena.

En el metro, más japonesas, pero éstas están contentísimas con su aspecto, se miran los peinados y las uñas. Una madre le pasa el chupete a su hijo, sentado en su carrito, desde los ojos a la barbilla, repetidamente. El niño se lo pasa bomba. El tipo que se sienta delante de mí también tiene pinta de escocés, pero de los que le dan mucho más a la cerveza. Me sonríe seis veces seguidas y aunque me cae simpático y hoy estoy contenta, algo me dice que no le dé cancha. Cuando se baja en Sol me doy cuenta de que tiene una erección. Una chica subraya concentrada un fanzine marxista que no le pega nada.

Mercadona power. Cosas que no compro pero que me gusta leer: rovellones, horseradish, queso raclete, cabeza de cerdo, sobrasada al corte, mazorquitas de maíz, tulipas y cucuruchos de galleta. Sepia, pulpo, calamar y chipirones en lata. Toda mi familia en hilera, posando para una foto que no puedo hacer. Delante de mí, en la caja, un borracho que conozco de vista, de los que se pasan el día en mi plaza, paga con un euro dos cartones de vino rosado. Tiene unos ojos muy azules, muy transparentes, muy sabios. El cajero me da el cambio, eligiendo billetes nuevos y descartando los que están gastados. Yo le sonrío todo lo que puedo para que vea que valoro el detalle. En la calle un perro atado a una barandilla me resulta tremendamente guapo, mira a todos lados como preguntando ¿dónde está? ¿dónde está? ¿dónde está?

En la plaza, el borracho de ojos azules se ha reunido con tres más, tienen una especie de corneta y yo les bautizo como Los Chiripitifláuticos. Subo a casa, coloco la compra, enciendo un cigarro y escribo todo esto.