Me llama el fotógrafo. Que está en un atasco y llegará tarde. Muy apropiado, pienso. Que me llama cuando esté abajo y así no espero bajo la lluvia. Le saludo desde mi ventana. Bajo con una bolsa de viaje cargada de libros, cuadernos, discos, rotuladores de colores, y el gran calamar, claro.

Nos saludamos sin darnos besos ni nada. Le digo que igual la luz no es buena. Él dice que la luz es estupenda. Dice que tiene aparcado el coche en un semáforo y que es perfecto, que me invita a desayunar. Yo pido café con leche y con hielo, él café con mucha menos leche y un pincho de tortilla. Me cuenta que siempre anda buscando tortillas, que está en la eterna búsqueda de la mejor tortilla. Yo le digo que "la mejor" (además ése es su nombre) la ponen en un bar de Sevilla. Le doy las coordenadas. Algún día escribiré sobre ese bar.

Es un tipo peculiar, un filósofo de cafetería. De hablar de tortillas pasamos a hablar de la edad de las almas, de apuntar cosas en la agenda y luego no mirarlas, de saber hacer las cosas sin necesidad de los demás. Vamos al coche, colocamos todo el tinglado y empieza a buscar el encuadre. Sale fuera, bajo la lluvia, y me mira mientras se cala hasta los huesos con un ojo guiñado. Parece un pájaro tuerto. Me hace mucha gracia este hombre.

Mis palabras van a salir publicadas en una revista, en segundo plano. Mientras me hace fotos, sin parar, yo escribo en mi cuadernito de marras, cambiando el color de la tinta. Me dice: así, levanta los ojos, mira hacia fuera, cuando descubre el poder de mi mirada patentada de egotrip. Me gusta posar y a él le gusta hacer fotos, es una unión perfecta. Dejo apoyada la punta del rotulador en el cuaderno cuando él me dice que ha encontrado el encuadre que quiere. Se expande un punto rojo oscuro, de tinta que parece sangre, en una hoja de mi cuaderno.

Y Murakami, Bukowski, Auster, Carroll, Haddon, Salinger, Hesse, Eugenides, todos revueltos. Y los discos de Malahora, Grupo de expertos, Lori meyers, Wilco. Y La parte que falta, y No dejes que la paloma conduzca el autobús, y Noche de tormenta. Desperdigada parte de mi identidad por un renault noséqué un poco sucio. Y en el suelo, bajo mi asiento, una mandarina abandonada. Vivo en un ciclo cítrico. Me arrepiento de llevar cuello alto, por muy verde que sea y mucho que resalte mis ojos, porque me acuerdo de lo que me decía Lucía de que escondo las emociones de mi cuello. Realmente ¿qué estoy escondiendo?

Tachón, tachín, tachán. Hago garabatos en las hojas y oigo el obturador loco. Me estoy haciendo pipí pero aguanto como una jabata. Escribo chorradas. Verde que te quiero verde y al verde verde limón. ¡Limones! ¡labios! Sonrío torpe. Me llamo María. Intento evitar ponerme bizca. Me enseña las fotos que llevamos. Mira, en ésta estás muy bien porque los ojos se guían por la “s” de tu cuerpo. Me siento como una serpiente naranja, encaramada a un coche. Es importante que se te vean los ojos, es muy importante, me dice, porque tus ojos no están mal, de hecho, están muy bien. Tiene una forma peculiar de expresarse.

Terminamos, me dice que lo dejemos porque él no tiene fin. Yo le digo que menos fin tengo yo, al otro lado. Le dejo que lea mis libros de cabecera. Estamos de acuerdo en que en la sencillez reside la genialidad. Me gusta cómo piensa y me gusta cómo habla. Me apetece repetir la mañana muchas veces. Me acompaña un poco andando (estamos prácticamente debajo de mi casa) pero me deja cruzar sola, porque dice que he aprendido la lección del libro. Le pregunto si he sido buena y me merezco que me mande alguna de las fotos. Él dice que sí, que he sido fina y que me las mandará.

Yo, fina, con una “s” corporal, compartiendo nimiedades y recibiendo lecciones de vida.

Bonita mañana de jueves. Aunque llueva a cántaros y la mayoría de los coches sean blancos.