En el estanco el dependiente es un señor mayor, con cierto retraso mental. Siempre suelta un hilo de palabras amables, como canturreando: hola señora buenos días cómo está qué desea aquí tiene tres paquetes dos ochenta su cambio que dios la bendiga. Hoy me ha preguntado que cómo me va la vida. Yo he hablado de que hace frío, porque si empiezo a contarle cosas le dará vueltas la cabeza. Me regala una estampita para usted si la desea de Santa Gema. Una que amaba a los pecadores. Entonces conmigo debe estar como loca. Porque yo, pecar, peco, sí señor. Tiene una oración por detrás. Con espacio en blanco para poner lo que quieras pedirle a la santa. Muy práctico.

Ayer Pablo y yo fuimos a un chino recomendado por Lucía, debajo de su casa. Es un sitio que, apesar de tener un luminoso de cerveza mahou y un letrero que pone bar, es un restaurante de chinos para chinos. La carta era increíble. Apunté platos que me dejaron boquiabierta (y que no pedí porque soy temerosa de dios, y de santa Gema): empanadillas heridas, pulmón de cerdo, estómago de pollo, lenguas de pato de China, chulo (¿?), caracores (para mí que querían poner caracoles pero se hacen un lío, o un río, según quién lo lea). Pedí una sopa de tallarines con pescado que estaba buenísima y tenía hojas de menta. Pablo pidió otra sopa, de bolas de arroz, que estaban rellenas de pipas y turrón (según él y su paladar, porque a saber). A mí me daban repelús porque parecían ojos humanos (y explotaban ligeramente en tu boca). Su sopa estaba regada con flores. Eso me gustó. A Pablo se le quedó una flor entre los dientes. Luego comí cerdo estilo Yi Xiang o algo así, que estaba picante. Y Pablo una lubina con salsa nosequé, que estaba muy buena. Pasamos de postre y nos fuimos, porque los clientes chinos nos miraban con desprecio. Éramos minoría étnica.

Hoy entro a las 15.30 en la tienda, me voy a pasar seis horas y media solita, porque Lucía ha pedido permiso para ir a Barcelona a hacer un casting para La Fura Dels Baus. Yo le di ayer un abrazo, en la puerta de su casa, y le deseé toda la suerte del mundo. Quiero que triunfe, que se lo merece. Más guapa ella. Fui a su casa mientras esperaba que Pablo saliera de clases de inglés. Tiene un sillón rojo de cuero que es una pasada. Me hizo fotos con su nueva reflex digital de segunda mano. En el sillón, poniendo caretos. Y le hizo unas fotos a mis pies, con mis superbotas, para el experimento; nos reímos mucho. Me ofreció una fresa, una mandarina y no sé cuántas frutas más. Tiene la mesa con el ordenador en la entrada y la televisión tiene ruedas. Su casa es muy bonita.

Hoy ha salido el sol. Abajo hay una furgoneta de donuts. Amarilla, super brillante. Yo tengo que fregar un rato y comer algo. Me compraré la merienda antes de entrar a currar. Y comeré sola, enviando energías positivas a Barcelona.

El libro de Murakami está terminando. Me pregunto cuánto tiempo tardaré en empezarlo de nuevo.

El título de este post tiene más sentido de lo que parece.