Frenar los pasos. Saltármelos todos sin meditarlo. Un traspiés, una escalera, una rampa casi vertical. Y lanzarse.

Parar los latidos. Sentir como cada uno de ellos me envuelve. A un millón de revoluciones por minuto. Una canción pegadiza. Y bailar al son.

Las piezas encajan en los huecos equivocados, se hacen sitio, se dan codazos, bocados. Impertinentes, estas emociones. Rebeldes y maleducadas.

Hago una trenza de raíz con todo lo que puedo abarcar con mis manos. Este peine me da tirones y se escapa una lagrimita. Se seca sola, la mía es una lágrima inteligente.

Dentro de poco tendré que llamar a la grúa, a las compañías de mudanzas, para sacarme de este entuerto. Avanzar, asegurar, retroceder y perder.

Tengo dudas, tengo miedos, tengo razones y tengo peticiones de última hora. Se abre el turno de preguntas que no me atrevo a responder.

Y sin poder evitarlo, continúo con las emociones desbocadas. La habitación desordenada. La lavadora que no pongo. Las sábanas revueltas.

Otro tipo de ansiedad, la de lo bueno, que de tan bueno, perjudica.