Sarah redobla tras de mí. Va vestida como una groupie de los Strokes y le sienta de muerte. Ella ni siquiera sabe si eso es bueno o malo. Yo le repito mil veces que está guapísima, que debería cortarse un poco, que desmerece a las demás. Encontrarme con ella de nuevo es como retomar algo bueno, de manera natural. Como comerse una fruta en verano, o algo así. Sarah me resulta refrescante y necesaria. Es la primera amiga que hice en la universidad.

Volvemos a primero de carrera, a las risas flojas y a las miradas cómplices. Apenas nos hace falta decir nada. Recordamos viejos tiempos, que es lo que toca, inevitablemente. Disfrutamos de flamenco cutre en un bar tardío, nos enviciamos tocando las palmas, menos mal que ella me entiende. Hablo mucho con su novio, de cómics, música, cine, series de televisión. Es muy simpático. Creo que se llevaría bien con Mario.

Sarah y yo nos inventamos la trágica historia de Guevara, la gata pródiga, que un buen día fue al mercadillo, compró una maleta con ruedas y se fue a Inglaterra. En la foto del pasaporte tiene el pelo más largo, y eso le da problemas en los controles del aeropuerto. La gente desconfía de los gatos que cambian de aspecto. En su maleta ha metido su cajón de arena cerrado al vacío, dos o tres latas de atún, su trapito, un par de ovillos de lana de colores y no me acuerdo qué más.

Sarah es como mis mejores lápices de madera de colores. No sabría explicar esto que acabo de decir. Pero me encanta, tanto o más que los lápices de colores. Con Sarah siempre puedo hacer garabatos y pasarlo en grande. Llenar páginas en blanco con circulitos, líneas y cuadros.

Sarah es un ángel con pinta de extranjera y alma gitana. Graciosa, buena, leal y cariñosa. Y más guapa que yo qué sé qué. Por eso me alegro tanto de haber asistido a su celebración multicultural de cumpleaños, con tintes gitanos, belgas, italianos, mexicanos, españoles.

Tacatá tacatá tacatá. Tacatacatá-ta.