Pues no fui al cine. A cambio fui a algo ni remotamente parecido. Lucía tenía un casting después del curro en la tienda. La acompañé. Me dijo que ya no hacía ese tipo de castings, que era para un corto de alumnos de una escuela de cine. Que no pagaban pero que el texto le interesaba y que iba porque le apetecía. Yo la acompañaba la mar de divertida.

Llegamos y el director, por llamarle de alguna forma, estaba con un chico y una chica, haciéndoles la prueba. Nos dice que esperemos, esperamos. Al entrar dice que esperemos, que estaban por llegar dos actores, y así hacían la prueba en pareja. Pues muy bien, decimos. Se ponen a hablar del personaje, que si cómo lo ves, que si cómo lo enfocas, que si qué te dice a ti. Luego confiesa muy natural que no es un corto, que es una práctica de plano secuencia, se le iluminan los ojos hablando de que podrá usar un travelling de mierda y dice que está en segundo curso. Lucía comprende, asimila y disimula. Yo cometo el error de decirle que estudié algo parecido y el gilipollas entiende algo así como que estamos en el mismo barco. Y se equivoca.

Es el típico infeliz con vocación. Hubo un tiempo (y en realidad sigue existiendo) en que admiraba a la gente con una vocación férrea. Porque yo nunca quise llegar a una meta concreta, con fiereza. No hay un "de mayor quiero ser" que me impulse a tomar decisiones, ni a escoger caminos, ni a luchar con dientes y uñas. Pero soy feliz, porque hago muchas cosas, puedo hacer muchas cosas y me gustan muchas cosas. La gente con vocación definidísima tienen ese nosequé romanticón, esa pasión, ese impulso. Pero también he conocido a muchos cretinos con pájaros en la cabeza. Yo quiero ser director de cine, dicen. Pues de puta madre. Me gusta la gente con las ideas claras. Pero le dije que era de audiovisual y quiso tratarme de camarada en un speech que he oído mil veces. Empezó a quejarse de la industria, de que el cine se está perdiendo, de que el videojuego hace más pasta que nada, de que todo es una mierda. Me aburre soberanamente todo eso. Si todo es tan desalentador, monta una granja de pollos, que ahí está el futuro; pero no me calientes la cabeza. Yo prefiero disfrutar de lo que tengo, que no es mucho, pero me vale; en lugar de maldecir lo que no puedo tener.

Al final no llegó ningún actor y nos echaron de la escuela. Lucía ni siquiera hizo el casting. Luego hemos decidido que es lo mejor que podía pasarle.

- Joder, me siento fatal, haberos hecho venir... - nos dice con voz lastimera carente de profesionalidad y de carisma, el aspirante a Amenábar.

- No te preocupes, si veníamos paseando - responde benévola Lucía.

Damos la vuelta a la esquina y Lucía enlaza lo anterior con sapos y culebras. Me parto de risa. Menudo gilipollas. Lucía dice que no sabe qué coño esperaba, que esas cosas siempre son así. La tranquilizo, pero al mismo tiempo la animo para echar pestes hasta que nos entran ganas de seguir haciéndolo pero con un par de cervezas por delante.

Nos vamos a una sidrería en Plaza de España. En la televisión, en un programa de tendencias jóvenes y modernillas me topo con dos jóvenes promesas que tengo el gusto de conocer. Qué digo promesas. Un guitarrista virtuoso y un diseñador de moda de la hostia. Dos personas con un talento increíble en lo que hacen, a los que se les pone el título de promesas (se lo he puesto yo, mea culpa) sólo porque son jóvenes. Doy parte de lo que veo y luego miro a Lucía. Otra artistaza, que se ve lo maravillosa actriz que es sin necesidad de verla interpretar. Que me hizo casi llorar diciendo (que no interpretando) un monólogo en la tienda para ver si se lo sabía. Siento deseos brutales de que triunfe, de que la valoren, de que se gane la vida actuando. Y pienso en el talento que no se llega a explotar (¿en realidad hay que explotarlo?), en el arte que no sale del todo a la luz, en las personas que no son valoradas porque apenas se vislumbran. Y me cago en todo.

Me paso dos cañas y dos tapas hablando con Lucía de lo que siempre hablamos, de lo que nunca nos cansamos: de las personas y sus extraños comportamientos, de ti, de mi, del otro, del de la moto; de yo soy, de tú eres, de yo quisiera ser más como eres tú, o como es ella, o como es Antoñita la fantástica. Nos reímos, nos escuchamos, aprendemos cosas pequeñas y grandes. Con dos cervezas me voy achispaílla, reflexionando sobre la levedad del ser. Porque lo bueno, si es leve, dos veces bueno. Yo creo que quiero levitar, sobre todo esto, y meditar, quizás, sobre aquello, y dormir del tirón en cuanto me acueste.

Al llegar a casa me meto media mandarina en la boca y, como era de esperar, explota. La sensación es indescriptible. Así que repito con la otra mitad, y escribo esto.