Iba camino de la T4 del aeropuerto, el camino era largo y tortuoso y éramos muchos avanzando a través de lodos y barrizales. Lo más natural era que empezaras a hablar con los que tuvieras cerca. Allí cada uno tenía su historia, lo malo era que la mayoría ya había perdido la cabeza y no se podía adivinar qué partes eran mentira y qué partes eran verdad.

Había puestos ambulantes, montados por algunos viajantes que hacía días habían tirado la toalla. Había señoras evidentemente ricas, andando con tacones altos, muy dignas, con toda la ropa manchada de tierra y agua. Atravesamos un campo de hockey y el tipo con el que yo iba andando se quedó allí. Decía que tenía partido. Tenía la mirada transparente, perdida, infinita. Había perdido el control. Se quedó allí, tranquilo. Le di una manta que encontré en el suelo y la puse sobre sus hombros. Me sonrió sin mirarme. Yo todavía conservaba entereza.

Por fin llegamos al autobús, el último tramo para alcanzar nuestro destino. En el autobús se subió Brad Pitt, más rubio que nunca, más joven que nunca. Le dije que si podía hacerle una foto con mi móvil. Se sentó a mi lado y hablaba perfectamente español, aunque consevaba un poco de acento. La cámara no funcionaba. Por su comportamiento entendí que también él se había vuelto loco y pensé que era mejor así, que prefería no inmortalizarle en ese estado. Jugamos a tirar unas monedas al aire, me hizo cosquillas, Brad se reía sin parar. Parecía un niño de ocho años. Sentí lástima por él. Se bajó en marcha y rodó por el suelo. Le miré por la ventana y me dijo adiós con la mano. Todavía se reía a carcajadas. Estaba muy guapo.

Cuando volví la vista al interior del autobús, Tom Cruise había tomado el relevo de Brad. Me cae mal Tom Cruise. No me inspira confianza. Tom estaba muy despierto y con ganas de hacer el idiota. Me ofreció un chicle, me pareció amable y lo acepté. No entendía por qué me miraba tan fijamente. A los pocos segundos el chicle comenzó a hacerse más y más grande en mi boca, no podía casi masticarlo. ¿Qué me has hecho?, le pregunté asustada. Tom Cruise se reía como un psicópata y daba golpes en el asiento de delante, divertido. Fui sacando bolas de chicle blanco de mi boca, con dificultad. Tom me dijo que lo sentía. Yo le dije que por favor se cambiara de asiento, que me estaba poniendo muy nerviosa. Le perdoné, para que se fuera tranquilo y no me montara un numerito.

En su lugar apareció Michael Douglas. Yo estaba cansada de tanto imbécil, sólo quería llegar a la T4 y que me dejaran en paz. Empezó a hacer frío. Michael estaba callado y no me incordiaba, y eso era de agradecer. Se quitó un jersey azul de lana y me lo ofreció. Debajo llevaba sólo un pijama. Le dije que no podía aceptarlo. Él me dijo que por favor, que no importaba, que el pijamita era de franela. Me puse su jersey y me dormí apoyada en su hombro. Me sentía cómoda con él, me sentía protegida. Al rato desperté, Michael no estaba y yo ya no recordaba a dónde me dirigían mis pasos.