The Strokes y Bukowski terminan siendo el ecuador perfecto para un día contento. Un día contento. Uno más. Da gusto este febrero. Aunque se hayan dado casos contrarios. Unos tipos me miran curiosos cuando ven el título (La máquina de follar) y el autor de lo que leo mientras me fumo el último cigarrillo antes de entrar. No sé si me miran bien o me miran mal, pero en realidad me da lo mismo. Escucho una canción del último disco de Strokes que me hace comprenderme y envalentonarme, caminar con soltura y sonreír. Y quiero meter esa canción en una cajita que tengo, para esas cosas. Mi caja de los momentos. El borracho de Bukowski me sonsaca carcajadas en mitad del frío.

Una chica delante mía, caminando, pierde un tacón de unos cinco centímetros. Se ríe, mira sonriente a su alrededor, buscando que alguien más se ría de su incidente, mientras fuerza a su pie derecho a ir de puntillas. Yo sonrío al mismo tiempo que la adelanto. Lo primero que pienso es que ésa es una de las razones por las que nunca llevo tacones de cinco centímetros. No quiero tener que ir de puntillas, así, de repente. Luego pienso que si estuviera en su situación me lo tomaría a guasa, y me reiría tanto o más que ella. Porque a día de hoy, no hay zapatos rotos que valgan.

Lucía tiene fecha para grabar las escenas que le faltan para terminar con su videobook. Hoy lleva una cinta roja en el pelo. Vendemos un Seiko de más de quinientos euros y pensamos que ya está todo hecho. Ahora veo que se levanta un poco el jersey, despistada, y compruebo que sus bragas son del mismo color que el adorno de su pelo. Pero qué mona va esta chica siempre.

- Sí, tía, lo voy a hacer y todo se va a desencadenar - dice Lucía, resumiendo sus planes.

Pues eso, zapatos, libros, música y Lucía.