Prisas. Últimamente tengo prisas, en todo lo que hago, siento y pienso. ¿A dónde quiero ir tan rápido? Ni idea. Ni la más remota idea. Pero no dejo de correr, como si algo me moviera, porque algo se mueve, dentro y fuera, algo me avisa, me impulsa y me descoloca. Un día saltará un resorte, sonará un ¡click! y comprenderé el rumbo presuroso, la inquietud, el movimiento, el cambio.

Hasta entonces me gustaría frenar un poco, bañarme en calma, estar tranquila. Pero he cogido carrerilla y las piernas siguen dando zancadas, independientes, mandonas. Todo esto no influye, no molesta; excepto cuando me roba el sueño; cuando revuelve la cabeza en la almohada, que se hace sopa; cuando agita el alma. No hay tan malo en agitar el alma, aunque sea a deshora. Incluso sienta bien, según qué días.

Así que activo el modo run-baby-run; y agito bien mis horas, mis planes, mis manos, mi voz recién desperezada. Lo mezclo y abro el bote. Sonará el pistoletazo de salida y yo ya habré dado trescientas vueltas al circuito, con las ansias a cuestas. Soy increíblemente ligera, cuando quiero. Estoy en el aire.

Suspendida.