Cuando estoy harta y ni siquiera sé de qué. Cuando me agoto sin hacer nada, me agoto por dentro, me encojo y me repliego, me doblo dieciséis veces, como alguien que dobla una bolsa de plástico y la deja hecha un triangulito ridículo. Así me siento, a veces, ridícula, triangular, sin estar segura de casi nada, sin ganas de mucho, con ganas de levitar sin esfuerzo, queriendo encontrar letreros luminosos, parpadeantes, reveladores. Como los que tienen los moteles de carretera; rojos, verdes, morados.

Anoche fui al concierto de Sr. Chinarro. Lo cierto es que había oído poco de su música, pero algo me decía que era para mí, el concierto, que necesitaba oír sus letras. Y me transformé. No pude cantar nada, no pude gritar, ni hacerme ver. Tampoco quería hacerlo. A veces lo último que quiero es que me vean o me oigan, y sin embargo sigo exhibiéndome. Soy pura contradicción y cada día me molesto más. Quería fundirme en el resto, en la gran olla de puchero caliente, y que me removieran, despacio, con sustancia. Quería desaparecer de mi vista.

La música desconocida me sale de dentro, así, sin que yo pueda explicarlo. Y oigo las palabras, y las palabras me secuestran, me tapan los ojos, me amordazan y me distorsionan. Y me gusta todo eso. Catárquico concierto, catárquica yo, perdida, entre un montón de cabezas que piensan y corazones que brincan. Y un silencio sobrecogedor, en mitad de una canción, en algún rincón de mi agitación. Cierro los ojos y el cuerpo se mueve solo, independiente, mientras mi cabeza, por fin, descansa.

Y amanece el domingo por la tarde, y tengo las mismas cosas que hacer desde hace una semana. Y se me enfrían los pies porque dormí sin calcetines. Y no abro las contrapuertas robustas de mi balcón. No quiero luz, la luz me cansa, no veo, no quiero ver, quiero apagarlo, quiero bajar el volumen de mi voz, para oírme sin distorsiones. Los graves retumban, los agudos chirrían y no existen tonos medios.

Café, dos vasos. Ducha, en algún momento. Música, maestro.