Se hace la visita número cincuenta mil en mi blog y soy consciente de que la mitad de todas esas visitas (por lo menos) han sido culpa mía, que soy yo la que más me visito, haciendo alarde de vanidad y egocentrismo y aburrimiento a (tres) partes iguales.

Para celebrarlo, me tomo de postre un cuenco con fresas cortadas a pedazos, recién compradas en una frutería que no es la mía porque la mía no tenía fresas. El frutero suplente es antipático pero las fresas son un escándalo de sabor. Las riego con leche y no crecen, pero el líquido se vuelve rosa y yo recuerdo mis años críos, los de la leche con galletas que se ablandan, los cuencos de fresas y los petit suisse.

Me voy a trabajar unas horitas, y esta noche, si todo sigue según lo esperado, voy a ver una película que me muero de ganas de ver. Y luego vengo, y os lo cuento, aunque no os importe un pimiento. Hablando de lo cualo, anoche cené pimientos rellenos. Al final todo queda en despensas y neveras.

Lo dicho, es tiempo de fresas.