La cita que puse esta mañana me sirve para dar coba a una amiga que me llama para confidencias, consejos e imposición de verde a terceras personas (lo normal, nada malvado). Me calzo las botas, me cuelgo la capa y voy al rescate. No voy a hablar aquí de sus problemas, voy a hablar de lo que me ha hecho pensar. Siempre me pasa que cuando alguien viene a mí con un marrón, me desenvuelvo de maravilla dando consejos, siento cátedra con mi aplastante sentido común, y todo parece cristalino, fácil, llevadero. Soy realista, práctica y optimista. Incluso parece que derrocho madurez. Pero después, llegado el punto de aplicarme todos estos dogmas, se me escapa la claridad, la eficacia y la obviedad, y me convierto en un animal embrutecido y obstinado que no sabe avanzar si no es arrasando con mi propia cabeza.

Llevo días dándole vueltas a miles de cosas, involuntariamente. Me cuesta dormirme, estoy nerviosa, me dan ganas de mandar a todo el mundo a la mierda y al minuto siguiente quiero invitarles a todos a cenar o a tres rondas de cervezas. Y esta vez no es el síndrome premenstrual. Esta vez es una de esas etapas de transición. O eso parece. Yo quiero tomármelo con calma. Sobre todo porque no sé a qué se debe, ni dónde desemboca, ni quiero tampoco hurgar en mi cabeza, porque sé cómo funciona (la cabrona). He dejado de buscar. He sacado conclusiones, hablando con mi amiga, y las repito como mantras camino a casa.

No quiero sufrir ni quiero que nadie sufra. Pero en la vida se sufre, y punto. Yo no voy a intentar evitarlo, es absurdo pelear contra eso: si tengo que sufrir y a alguien que se me arrima también le toca, sufriremos juntos. Pero de lo que sí voy a huir por todos los medios es de la gravedad. Y no me refiero a la fuerza que te mantiene en el suelo. O quizás sí, quizás también me refiera a ésa.

A medida que me he ido relacionando con gente he descubierto (no hay que ser muy listo) que las personas nos influimos unas a otras. Yo a lo que aspiro es a que la influencia sea positiva. La probabilidad de sufrir es alta, sea cual sea el tipo de relación, así que lo que intento es no perder el tiempo con gente que me haga sufrir. Y tampoco hacer yo que nadie pierda el tiempo conmigo. Quiero que todo el que esté cerca se lleve cosas buenas de mi parte, y realizar un justo intercambio. Somos egoístas y hay que ser consecuente. Yo te doy, tú me das. Pero de buen rollo.

Quiero a mi lado a gente normal. No parece mucho pedir, pero es más difícil de lo que parece. No quiero gente con misterios, ni múltiples sentidos, ni con demasiadas vueltas. Un poco de intriga está bien, pero no me vengas con chorradas. Quiero verte venir, quiero saber que mi manía de tirarme a la piscina de quien se me ponga por delante no es tan kamikaze. Quiero disfrutar de ti y que tú disfrutes de mí, todo lo que esté en nuestras manos. Pero no quiero parásitos emocionales, ni personas dañinas, ni gente que intente arrastrarme al polo negativo de la batería. Mi batería hecha humo por sí sola. Lo último que quiero es tener factores externos que aceleren el proceso de quemarla.

Así que quiero levitar, ser leve, atender, escuchar, disfrutar de lo que me toca, de los que me tocan (en todos los niveles, pero no vale ponerse soez que estoy de un profundo que ni me aguanto), comprender y que me comprendan, comunicar y que me comuniquen, y seguir andando, por donde me apetezca. Con quien me quiera acompañar. Pero cada uno en su lado del camino, que lo que me gusta es mover los brazos con soltura. Sin miedo a las hostias colaterales.

Quiero ser al fin y al cabo como esa parte que faltaba, que está llena de ángulos y aristas y quiere encajar; pero que finalmente descubre que puede tirar-levantarse-caer y empezar a rodar por sí sola. Hasta que las formas se redondean y el giro sobre el eje central se convierte en el medio de locomoción natural. Sin necesidad de nada más, que la justa y sana compañía.

He dicho.

:)